Dibujos

Miguel Salas

FERROL

17 mar 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Q

uerida Estela: Recuerdo cuánto os gustaban a Patri, a Cuchi y a ti las Supernenas, aquellos dibujos animados que estuvieron de moda. Erais chicas creciditas -los veinte ya no los veíais- pero seguías comentando entre vosotras los capítulos. A todos nos pasa, a esas edades: ciertos restos de la infancia son un ancla, un clavo ardiendo al que nos agarramos para no pensar en los problemas de la vida adulta.

Aquí, en Taiwán, sucede lo mismo, pero a lo bestia: los dibujos animados de moda tienen un peso apabullante en la cultura popular de este país. Ya no es que muchos alumnos universitarios vengan a clase con una carpeta de Bob Esponja, sino que es frecuente encontrarse señoras de más de sesenta ataviadas con casco rosa de Hello Kitty, coches con la tapicería de Doraemon o padres e hijos paseando por el parque vestidos con idénticos chándales de Spiderman.

El Seven Eleven, la tienda que abre las veinticuatro horas y que en Taiwán es una institución nacional, regala, con cada compra, puntos adhesivos que después pueden canjearse por peluches o imanes de Snoopy, el osito Paddington o cualquier otro dibujito de moda. Son un fenómeno social. Si pregunto algo en clase y ofrezco, a cambio de la respuesta, puntos para el examen, nadie me contesta. Pero si ofrezco los puntos del Seven se lían a bofetadas. Ninguno dudaría si tuviera que elegir entre Pocoyó y Amenábar. La semana pasada fui a ver el festival de las linternas, una fiesta tradicional china. La gente adorna la calle con faroles en forma del animal que rige el nuevo año; el tigre, en este caso. Llegué allí convencido de que me vería transportado a otros tiempos: quería disfrutar del ambiente del Taiwán antiguo? Y me encontré con que todos los faroles tenían la forma del tigre bobo, amigo de Winnie de Poo. Todos. La sociedad moderna infantiliza los gustos, y pronto habrá que enseñarles a los alumnos con títeres. Tendremos que aprender de algunos políticos. Al fin y al cabo, llevan siglos hablándonos como a tontos.