Un vendido

Miguel Salas

FERROL

16 jun 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Querida mamá: Ayer fue la graduación de los alumnos. Había jurado no aparecer. Tengo los genes de mi padre, y llevaba toda la semana quemado: que si las togas son ridículas, que si el sombrero parece una chimenea. Pero dice el evangelio que mejor es quejarse y apechugar después, que decir que se va y luego no ir. Y como en esto también soy como papá, al final me pudo la responsabilidad ante las cifras: los profesores de español somos -genio patrio- los que más nos escaqueamos en estos actos de toda la universidad. Y eso sí que no puede ser.

La cosa no empezó bien: imagínate aguantar una ceremonia de tres horas, sentados al raso sobre sillas de palo, embutidos en una toga negra, bajo una fina lluvia, casi niebla, y a 35 humedísimos grados de temperatura. Se me pegaba a la cara la borla del sombrerito dichoso. Unos focos inmensos, como de defensa antiaérea, alrededor de los cuales revoloteaban mosquitos, polillas y cucarachas del tamaño de un bombardero, refinaban aún más la tortura, que se volvió maquiavélica cuando vi llegar al párroco de la universidad equipado para dar misa. En chino. El monaguillo, taiwanés e inexperto, se tomaba tan a pecho lo de llevar el crucifijo que parecía un legionario. Gracias a Dios el pater fue benevolente y dejo la cosa en un avemaría y un pax vobiscum.

Vinieron después los premios a los chicos más destacados de la promoción. A juzgar por la cola que se organizó, en mi universidad debe de haber más estudiantes sobresalientes que normales. Aquello duraba más que la Pasarela Cibeles. Ya empezaba yo a renegar del dicho del evangelio cuando llegó el momento álgido del acto: cambiarles a los alumnos la borlita del lado derecho del sombrero al izquierdo: como en las pelis yanquis. Empecé a regañadientes, pero me entusiasmé cuando vi la cara de los chavales. Estaban radiantes. Era su momento, y querían que estuviésemos allí. Y entonces dejé de mirarme el ombligo, y todo cobró sentido. No pienso perderme la del año que viene. Soy un vendido.