Gaita en Taiwán

Miguel Salas E

FERROL

27 abr 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

stimada Lorena: La globalización es un fenómeno complejo. Contradicción de contradicciones, pasión enfermiza de amantes incondicionales y detractores a ultranza que se niegan a ver más allá de sus blancos y sus negros. Cuando uno vive en el lugar donde nació, la globalización es una mezcla confusa de comida, música y películas de todos los países del mundo: los supermercados se llenan de frutas raras, los videoclubs de títulos exóticos, las calles de rasgos extranjeros.

Pero cuando vives lejos de casa, la globalización se disfraza de morriña. La primera vez que vine a Taiwán, me encontré, en un tenderete de discos de segunda mano, un lp del Fary, con su sonrisa y sus ojos más chinos que españoles. Hace unas semanas, en la Fnac, buscando en la sección de músicas del mundo, entre el disco de una cantante etíope y un xilofonista finlandés, había un cd de Bertín Osborne. Puedes no haberlos escuchado en la vida, odiarlos con todo tu corazón, pero toparte con ellos te da una paz difícil de describir, como el olor a cocido.

Pero hace unos días experimenté el golpe de globalización más fuerte que he recibido en toda mi peregrina vida. Entré en un minúsculo y mugriento restaurante de tallarines con salsa de sésamo. Según me senté, empezó a sonar la muiñeira de Chantada. Ni más ni menos. Me contó el dueño que se la habían grabado en un recopilatorio de música celta. Así que me tomé mis tallarines con sésamo y con lagrimones. Qué gaita.