l pro Colérico, el mar de Pantín es de una fiereza sobrecogedora. Sus zarpas arañan las herbas namoradeiras que se atrincheran en los resquicios de las rocas más altas. El estruendo de las rompientes y el bufido del aire ensifonado en grutas y espeluncas es un aviso que los avezados ribereños acatan con obediencia religiosa. Como llamaradas de un dragón iracundo, este mar arroja andanadas de espuma blanca sobre la arena de la playa, tan horizontal y lisa como una mesa de billar. Es inútil oponer fuerza alguna a tan reiterada expresión de poderío y majestad. Solo quienes guardan el secreto del viejo mito de la bella y la bestia alientan el don de hablarle de tú a tú a esas aguas adustas. Y el milagro transmuta el diálogo en un juego que se sublima en el arte del equilibrio y la filigrana. Los surfistas son como chorlitos egipcios, los pájaros que mondan los dientes de los cocodrilos, y el mar, amoroso, les abre sus fauces inofensivas como un bostezo. El Atlántico les regala en Pantín las paredes glaucas de sus olas para que las cosquilleen con las orzas de las tablas, para que dibujen sobre ellas estelas efímeras y fugitivas, rastros que el mar guardará en su memoria verde y profunda. Es un cortejo mutuo, de ofrenda y seducción. Y cuando la sensualidad de las maniobras alcanza el clímax lúbrico, la ola, conquistada, envuelve al surfista para que la fecunde y emerja al fin espigado y brillante con la espuma vencida a sus pies. Es el ensalmo del Pantín Classic, cuya continuidad en este territorio cainita es un prodigio en sí misma.
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