Mariano Rajoy no ha comparecido en abierto, es decir, ante los medios de comunicación, desde la victoriosa noche del 20-N. El próximo presidente del Gobierno se ha quedado mudo de cara al exterior, pero eso no quiere decir, ni mucho menos, que haya permanecido quieto, ya que ha hablado por teléfono y en persona con numerosas fuerzas vivas, empezando por la más viva de todas, la señora Merkel, y otros dirigentes europeos, los banqueros, los sindicatos y la patronal, por este orden. Esto deja claro cuáles son sus prioridades: la crisis de la deuda, la falta de crédito y la reforma laboral. Y ha lanzado un mensaje muy claro: que por encima de todo España cumplirá su compromiso de reducir el déficit. Pese la gravedad extrema de la situación, sobre todo cuando la prima de riesgo se disparó hace unos días a cifras récord, Rajoy no ha comparecido en público. Es muy raro que un político no lo haga durante tanto tiempo, pero más aún después de lograr una victoria histórica. Una muestra de que las cosas no están para celebraciones.
El líder del PP parece querer decirnos que es tiempo de hacer y no de hablar. Fiel a su estilo, Rajoy no quiere que nadie le marque los tiempos, ni siquiera los voraces mercados ni la impaciente canciller alemana, a la que, sin embargo, faltaría más, ya ha prometido que hará los deberes. Habrá que esperar al debate de investidura para que desvele las medidas que piensa adoptar, pero hasta entonces no estaría de más que compartiera con los ciudadanos sus desvelos, que deben ser muchos. Sobre todo porque se ha instalado la idea de que el apocalipsis económico está a la vuelta de la esquina y tampoco es eso. ¿O sí?