Galicia amaneció lloviendo. El sol no podía salir en el peor Día de Galicia que se pudiese imaginar. El dolor indescriptible de una comunidad entera en la jornada que tendría que haber sido su gran festividad. Una ciudad y un país unido y solidario para afrontar la peor tragedia ferroviaria registrada en los últimos tiempos. Galicia tiene el corazón abierto en canal.
Macabra casualidad que un drama de estas dimensiones golpee a Compostela a solo tres horas de que los fuegos artificiales estallasen en el Obradoiro. En la fiesta de Santiago. En la fiesta de Galicia. Un día en que la capital gallega vive colapsada por la gran afluencia de personas que acuden a ella para disfrutar del Apóstol. En un medio de transporte que acababa de ver ampliadas sus frecuencias con Madrid. En un convoy de última generación. Y en el inicio de un puente festivo en pleno verano.
Los vecinos del barrio de Angrois, una pequeña zona de Santiago a la altura del Castiñeiriño, ni se lo pensaron dos veces cuando saltaron a las vías para ayudar a los pasajeros atrapados, incluso poniendo en peligro su propia vida. Las personas que acudieron para donar sangre colapsaron las urgencias. Acudieron profesionales de toda Galicia para poner su granito de arena. Galicia se volcó.
Sin duda, uno de los envites más duros que ha sufrido la comunidad gallega. Un duro golpe vinculado a una fecha muy señalada en el calendario que será dificil de olvidar.