A la Eurocámara parece que la contaminación de las rías gallegas le importa bien poco. Nueve meses han pasado desde que una delegación de tres diputados del Parlamento Europeo visitó Galicia para comprobar el estado de las rías de Ferrol, O Burgo y Vigo, y de momento las conclusiones son pocas. Más bien ninguna hasta el día de hoy.
Tampoco debería sorprender en exceso. Si durante años la contaminación de la ría no captó la más mínima atención de los dirigentes públicos, que veían como se deterioraban las infraestructuras ya construidas y como la inversión necesaria crecía hasta cifras millonarias, por qué iban a mostrar ahora interés los eurodiputados, a quienes lo de zona C les debe sonar a chino.
El informe europeo sobre las rías gallegas es, junto a otro relativo a una misión a Chipre en el 2007, el que más tiempo de demora acumula para ver la luz. Las obras para el saneamiento de Ferrol empezaron en la década de los ochenta, y aún no han terminado. Se prevé que a principios del año que viene se conecten las primeras casas a la red. Así que este retraso en el informe de la Eurocámara es más bien anecdótico comparado con el tiempo que los ferrolanos llevan esperando a que su ría quede saneada.
A la postre, con o sin informe de Europa, ya nadie cuestiona la necesidad imperiosa de recuperar una de las rías de mayor riqueza medioambiental de Galicia y también de las más castigadas por el aporte de residuos.