Había pensado que el rodaje democrático -nuestra Constitución ya es treintañera- dejaba atrás aquella farsa de participación ciudadana del tardofranquismo y la Transición. Craso error, la farsa sigue y con más bríos que nunca. No hay nada más pseudodemocrático que trocear la ciudad por barrios, rueiros y lugares, sin tener en cuenta al individuo y al conjunto. La cosa acaba como la liguilla de futbol infantil: Canido contra Caranza, Esteiro y el centro, Recimil y San Pablo... Si le ponemos un poco de música, con aquella copla popular (Canido tente firme que Esteiro xa caeu, Esteiro está temblando do susto que levou) el potaje mental está servido. Pero la táctica funciona: uno le promete a este barrio bancos en aquella esquina, al otro desratizar unos zarzales. Para que este no sea menos, le asfalto unos baches y a aquel de allá le levanto un edificio, le llamo centro cívico y que se acabe cerca de las elecciones. Lo de menos es lo que se va a hacer con él, a pesar del dinero público invertido. Pensaba cosa del pasado la política de edificios vacíos (el Auditorio de Caranza es ejemplo palmario). El criterio de reparto del erario público se transforma así en un espectáculo como si se tratase de una de aquellas célebres tómbolas que se instalaban en fiestas, en el Cantón. Mientras tanto, lo esencial sigue a la espera (acabar las infraestructuras básicas cono el enlace de la AP-9 con la plaza de España, dotar y reparar el parque de viviendas sociales, servicios sociales acordes con el siglo XXI...). Demasiado conteninente y poco contenido.