Lo grave no es la crisis, con ser un trance lacerante para la mayoría de la sociedad. Lo verdaderamente estremecedor es que, una vez recuperada la economía -y los bancos ya huelen sangre joven-, la situación para esa mayoría será mucho peor que antes de la crisis. Las cosas no volverán a ser como eran por más que la actividad económica futura genere más riqueza. Esa mayor riqueza será repartida de otro modo: más para los que más tienen y menos para el resto. Esta es la situación que espera a nuestros hijos: volver a luchar por lo que pelearon sus padres y abuelos y que, como recuerda atinadamente Muñoz Molina en su reciente obra, Todo lo que era sólido, ingenuos o fatuos, no sé, creíamos afianzado, como el Estado del bienestar, la sanidad universal y gratuita, la educación en igualdad de condiciones, las becas, la libertad de manifestación, las pensiones, la ayuda a la dependencia, los derechos civiles en fin. Todo lo que un partido lleva dos años desmontando con entrega y sin pausa. Unos cambios, paradojas del destino, que desarbolan la protección de los más débiles y cargan los bolsillos de los más fuertes, una tarea que parecería propia de seres desalmados por más que sea la obra de un partido en el que se concentra la mayor densidad de meapilas de la política española, alguno de ellos con rango ministerial. Pero así son las cosas. Por eso, con las auxiliares del naval aniquiladas, una noticia que podría haber traído alegría como el encargo de Pemex a Navantia no sea más que el parto de los montes. Literalmente.