Admiro muchas de las habilidades de los políticos, pero la que más, sin duda alguna, es su capacidad para no sonrojarse. Ni ante un plazo incumplido, ni ante una inversión prometida y no realizada, ni ante la pérdida de fondos públicos, ni ante los baches que decoran la ciudad, ni ante operaciones escandalosas. Nada, ni un leve rubor. Sin duda, es toda una capacidad.
Define el diccionario el sonrojo como los colores que salen al rostro diciendo o haciendo algo que cause empacho o vergüenza. Eso creía yo. Después de toda una vida haciéndome a frases como ¡qué roja estás! o ¡tomatito!, cada vez que mi cara se encendía como un semáforo, ahora me dice el señor dermatólogo que mi rubor tiene nombre y se llama rosácea.
A modo didáctico, y señalándome con el dedo el libro gordo de Petete de la dermatología, me introdujo en el mundo de esta enfermedad crónica de la piel. Tal cual iba leyendo, iba reconociéndome en todos los síntomas, al tiempo que pensaba para mis adentros: ¡Eso es lo que me pasa a mí! Me reconfortó saber que tanto sonrojo tenía tras de sí una explicación médica, aunque el tratamiento sea lento. El señor dermatólogo cerró el libro de Petete y me espetó: ¡No quiero verte en dos meses!
La principal conclusión que saqué es que deberé aprender a vivir con la rosácea, que creo no será difícil, pues tiene pinta de que ya somos viejas amigas. Y la segunda que he de aprender de la clase política a la hora de ignorar el rubor.