Cada verano, cuando agosto anda por la mitad, en algún momento me acuerdo de García Lorca, uno de mis poetas preferidos, porque rondamos el aniversario de su muerte. Fue en Granada, el 19 de agosto de aquel trágico 1936, un mes después de iniciada la guerra civil. Hoy quiero aprovechar su recuerdo histórico para dedicarle el contenido de este artículo. Aunque escribir sobre Lorca tiene su dificultad, o esa es la conclusión que uno saca después de haber leído cientos de páginas sobre el poeta granadino y comprobar que unos, en sus relatos, se quedan cortos, y otros se pasan sin reparos ni contemplaciones. Yo trataré de decir lo que se sabe, porque está documentado, y alejarme de interpretaciones subjetivas e interesadas, como muchas de las que llevamos leído. Por ejemplo, la teoría de una parte de la crítica actual, nacida en las Universidades americanas (y muy bien acogida en algunos sectores de las de aquí), según la cual García Lorca fue un adelantado y protomártir de la cultura gay. Quienes afirman esto dan por supuesto que vivió su homosexualidad con total normalidad, hasta con orgullo, como ocurre en las concentraciones que vemos hoy. Y eso es saber muy poco de la intimidad del poeta, además de confundir la España de los años veinte y treinta en que vivió Lorca, con el San Francisco, Madrid o Barcelona del siglo XXI. Y es obvio que tenían muy poco que ver. Por otra parte, los divulgadores de esa teoría demuestran no haber leído los cientos y cientos de cartas que escribió Lorca y que harían muy bien en hacerlo en Epistolario completo, el volumen editado por A. Anderson y C. Maurer que se puede consultar en cualquier biblioteca que se precie de tal. En esas cartas encontramos a un joven Lorca que se sabe distinto, que descubre su pasión por la poesía y por el teatro, que entiende que su orientación sexual no es la convencional. Y en ellas se constata la lucha que mantiene consigo mismo y, de otro modo, también con su familia, especialmente con su padre, que quiere que estudie derecho y se gane la vida como abogado, que se olvide de estudiar Filosofía y Letras, y que siente la cabeza y se venga con ellos a Granada. En abril de 1920, con 22 años, el poeta, desde Madrid, donde estudia, le escribe a su padre: «Yo te suplico de todo corazón que me dejes aquí hasta fin de curso. ¿Qué hago yo ahora en Granada? Escuchar muchas tonterías, muchas discusiones, muchas envidias y muchas canalladas». En su juventud buscó siempre su identidad personal, vivir en libertad su pasión por la vida y por la literatura, y casi nunca lo pudo conseguir. Los tabúes presentes en una sociedad muy conservadora no se lo permitieron, como tampoco su amor a la familia y el deseo filial de contar con su aprobación en todo lo que él hiciese.
Y, como decía, también hay muchísimas páginas sobre Lorca que se quedan cortas. Por ejemplo, tengo ante mí el programa que anunció la exposición oficial presentada por el Gobierno español en varias ciudades alemanas en 1998, con motivo del centenario del nacimiento de Lorca. En ese programa se calla, como con vergüenza, la verdadera y triste historia del final de Federico: no se dice en ningún momento que fue fusilado en el curso de la salvaje represión llevada a cabo en Granada por los militares golpistas y los pistoleros de Falange. Así, la identidad de Lorca será siempre un misterio.