La noticia no deja de ser inquietante, aunque no nos coja de sorpresa. Resulta que según una encuesta del INE, el 30% de los niños españoles de diez años, ya tiene su móvil. Y no es un aparato humilde y sencillo, que sólo sirva para llamar y recibir, como eran al principio de esta invasión tecnológica, sino que son smarphones, es decir, ordenadores ambulantes que ellos saben manejar mucho mejor que sus padres y abuelos, que deberían ser quienes les controlasen el uso. También el 80% de los de trece años llevan un artefacto de estos en su bolsillo, y los de quince suben hasta el 90%. A este panorama hay que añadir que incluso a los bebés se les entretiene con tabletas y móviles, y las criaturas se pasan horas mirando, embobados, la pantalla por donde se mueven las figuras que captan su atención. Las nuevas tecnologías parece ser que toman el relevo del cuidado de nuestros niños, como si fueran las modernas niñeras.
A mí estas cifras me parecen preocupantes, quizá porque estamos ante un fenómeno raro, propio de un tiempo que va al galope en vez de ir a un paso sosegado, como iba el de la educación y la enseñanza de toda mi generación. Nuestro contacto con el teléfono (fijo, el que había) fue siempre distante y respetuoso. Llamar costaba dinero, y se utilizaba sólo cuando la ocasión lo requería. A mi casa llegó tarde, cuando yo acababa el bachillerato, y fue el primero que hubo en la zona del pueblo donde vivíamos. Lo cual hizo que el nuestro sirviese, también, para cubrir necesidades de comunicación del vecindario más próximo. Familias, cuyos hijos, padres o hermanos, habían emigrado a otros lugares de España o al extranjero, encontraron en nuestro teléfono una forma de comunicarse. La cosa funcionaba bien, hasta con orden y mucho agradecimiento. Llamaba uno desde Suiza y decía que avisásemos a su madre, que a las nueve de la noche en punto, volvía a llamar. Hice innumerables viajes a las casas vecinas con recados de este tipo. A veces, quedaban en llamar tres o cuatro a la misma hora, y se formaba una pequeña acumulación de mujeres del vecindario, que se entretenían hablando con mi madre en la cocina. Era un teléfono que casi siempre enviaba malas noticias para el otro lado: que se murió fulano, decían desde aquí, que enfermó la abuela, que este año no hay patatas, ni tampoco uvas? Y las madres receptoras eran consideradas y trataban de abreviar las conversaciones: «Hala, que te va a costar mucho, además hay gente esperando?» Se despedían entre sollozos y las más dispuestas quedaban para otro día, a tal hora, con lo que me evitaban a mí el viaje de tener que ir a avisarlas a sus casas. Pues, de esos tiempos no tan lejanos, pasamos a esta locura de que en una casa haya tantos móviles como personas. Con el agravante de que en semejante disparate hay que incluir también a niños y adolescentes, según vimos en la encuesta. Supongo que alguien tendrá que salir a avisar a los vecinos, como hacía yo, de que esto encierra muchos peligros: los niños se hacen pasivos porque no se mueven; anulan el contacto físico de unos con otros en los juegos de grupo, y, en casa, con sus padres y hermanos; crean adicción, demasiada radiación para cuerpos en desarrollo? Y por si esto no fuera bastante, estorban y dificultan el ejercicio más estimulante y formativo para cualquier niño de cualquier época: la lectura de un libro.