La instalación ilegal es una práctica habitual en Recimil, donde aseguran que el Concello «pasa de largo»
09 mar 2018 . Actualizado a las 11:49 h.«No puedes salir de casa sin poner un refuerzo, porque a lo mejor cuando vuelves te encuentras a dos extraños dentro», cuenta José Manuel, un vecino. Llegar, abrir la puerta y establecerse. La okupación y, por lo tanto, la ilegalidad, marca el paso en demasiadas viviendas de Recimil. Prácticamente en cada edificio hay algún piso en el que el nombre del inquilino no aparece en el buzón. «Esto es como en el oeste. Se meten, cuelgan la toalla para marcar el territorio y no salen de allí», asegura Aurora, otra vecina, quien resume que «hay un desastre total». No todas las 1.006 son casas baratas; algunas salen completamente gratis.
Un paseo por el barrio basta para comprobar que está lleno de viviendas y bajos tapiados con ladrillos o con madera, a raíz de los desahucios, y puertas en la que la cerradura está sustituida por un candado. Los contrastes son notables entre la situación de unos inquilinos y otros: unos que llevan toda la vida cumpliendo a rajatabla con el alquiler -ya sea de 2,50 o de 250 euros- y otros que llevan incluso años sin regularizar su emplazamiento. No obstante, la culpa de esto último se reparte entre los que realizan la okupación y el Concello, que por allí, dice José Manuel, «pasa, pero pasa de largo». «Fueron regularizando, pero queda mucho por hacer. Hace tiempo que veo esto fatal», señala el hasta hace poco presidente vecinal, Jesús Caselas. «Los políticos, también los actuales, nunca hicieron lo que prometieron. Se lo toman a broma, y la broma son ellos», zanja Julio, residente.
Pili, una vecina, tiene dos plantas por encima de la suya a un okupa, que es conflictivo -estuvo en la cárcel-, aunque no con ellos. «Viene un día sí y cuatro no», comenta. Dejó la ventana abierta de par en par y un candado en la puerta. «No hay nadie que se preocupe por el barrio y estas situaciones son habituales», añade Pili. «Hasta se traspasan las viviendas entre ellos», apunta Aurora. Los que llevan allí toda la vida son, sin duda, los que peor se sienten, aunque por motivos económicos, no les queda otra que quedarse donde están. Los recién llegados, mientras, prefieren guardar silencio.
«Me ofrecieron la casa y entré por necesidad»
Se crió en las casas baratas, donde viven su madre y su tía, y se marchó de la ciudad durante un tiempo. Pero tuvo que regresar, en el 2010, y cuando llegó, a Noelia Meizoso (27 años) no le quedó otra -asegura- que la de okupar una vivienda con su hijo pequeño. Sin embargo, se percataron de su situación y la deshauciaron. Antes le había dado tiempo a arreglar, con el montante del cheque bebé, la habitación y el salón, aunque el resto de la casa estaba vacía, y no disponía ni de agua ni de luz.
Desde entonces, estuvo sin vivienda propia hasta el pasado verano. Trabajó de forma esporádica y cobró durante casi dos años la risga, aunque al ser madre soltera le era imposible, dice, pagar un alquiler. Por ello, en el verano decidió volver a okupar. «Me vi en la obligación de hacer lo mismo otra vez», comenta. Esta vez, los vecinos del edificio en el que vive su madre, le dieron la oportunidad de entrar. «Y lo hice», apunta. En el barrio es habitual que los habitantes dejen entrar a okupas de confianza, con el fin de que no pase a formar parte del vecindario nadie conflictivo: «Los vecinos llevan ahí toda la vida y no querían que se metiera nadie desconocido, porque entran día sí y día también. Entonces, me la ofrecieron, me animé y lo hice, por necesidad»
Noelia se encontró de nuevo una vivienda «en ruinas». No obstante, esta vez dio de alta la luz y empadronó a su hijo. Pero esto no bastó y le llegó el desahucio. Su abogada le pidió un informe de vulnerabilidad de la casa, pero desde Servicios Sociales, por el estado del inmueble, le comunicaron que allí no puede vivir ni ella, ni nadie. Por lo tanto, pronto se la podrían tapiar.
«La realidad es que de los que okupan, unos se quedan y otros no», añade. Y es que el método de llegar e intentar que regularicen la vivienda lleva cuajando durante años en el barrio, donde, vuelve a quedar claro, cada situación es un mundo.
«¡Quién vio este barrio y quién lo ve ahora!»
Desde una de sus ventanas que da a la calle Euzkadi, una de las arterias principales de Recimil, Jorge Antonio Pérez observa a diario el que es el barrio de toda su vida. «Nadie dice Recimil, siguen siendo las casa baratas», apunta. La negatividad y la nostalgia empapan sus respuestas. ¿Cree que la situación ha empeorado? «¡Por favor, claro! ¡Quién vio este barrio y quién lo ve ahora!», exclama. «Muy mal, no lo arreglan, ya ve cómo está esto», añade.
Este vecino, muy conocido entre los demás, ve desde la ventana y desde la calle «muchos problemas», entre los que destaca que «dejan que la gente se meta en la viviendas». «Los políticos entran y salen, pero no hacen nada. Esta zona está muy dejada», subraya. Además, agrega que «hay personas con problemas a las que no aportan ninguna ayuda para estar aquí».
«Se le ha dado mucha mala fama y no es como lo pintan»
No todas son malas opiniones en la zona, sino que también hay quien da una visión positiva. «Ahora lleva una temporada en la que está tranquilo. Se le ha dado siempre más mala fama de la que realmente tiene. No es el león como lo pintan. Puede que haya gente mala, pero también mucha gente buena», recalca Faustino Giménez (38 años), que se crio en las casas baratas -«recuerdo cuando no había aceras», rememora- y desde hace diez años tiene casa propia.
Eso sí, en lo que concierne a la situación estructural del parque de viviendas, señala, como otros vecinos, que «hay muchas humedades y los tejados habría que arreglarlos». «Además, no hay puntos wifi que sí hay en otros lugares de la ciudad y no hay local social. El Concello tendría que mirar más por nosotros», dice.
Por otro lado, critica los problemas que tienen los vecinos de etnia gitana para encontrar trabajo y vivienda en la ciudad. «Para nosotros todo es más complicado», subraya. Él ahora está en paro, pero haciendo un curso de peluquería. En cuanto lo finalice tiene en mente abrir su propio negocio en el barrio, que cree que hace falta «revitalizar». «Quiero traer algo nuevo para aquí, porque cada vez está más muerto», concluye.
«La librería no daba para más y la quise traspasar, pero no pude»
Varias peluquerías, cafeterías, quioscos, un todo a cien y multitud de locales más que se han convertido en bajos tapiados. Uno de esos negocios, la librería O Revisteiro, estuvo durante ocho años en manos de Teresa Muíños. Los cinco anteriores habían sido de la zapatería Patiño. A Teresa no le daba para más y quiso que se convirtiera en un nuevo establecimiento. Sin embargo, cuando ya tenía alguien que quería poner allí su negocio, el traspaso le fue denegado, por ser el segundo. De esta manera, allí ya no hay nada.
Ella, ahora sin trabajo, es otra de las vecinas de siempre en Recimil, y una más que cree que la situación «está fastidiada». «Hay de todo, desde okupaciones hasta trapicheos con droga», menciona, y a la vez afirma que «el barrio se está muriendo». Entre los problemas cita los perros que hay sueltos por la calle y, asimismo, el estado de las viviendas, gran parte de ellas «con humedades y con filtraciones» y, como se apuntó en informaciones anteriores, también con termitas. «Es que las casas no se arreglan», dice. Apenas se aprecian obreros en la zona. En este sentido, eso sí, otros vecinos comentan que también hay muchos inquilinos que no cuidan debidamente sus pisos, y que a veces el deterioro viene derivado de esa dejadez.