Antes de que crezcan

josé antonio ponte far VIÉNDOLAS PASAR

FERROL

18 nov 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

M ientras espero en la cola de la caja de unos grandes almacenes, no me queda más remedio que asistir al espectáculo que están dando delante de mí una madre joven y su hija, que tendría nueve o diez años. La fila se movía con lentitud y el momento se me hizo incómodo, primero por la actitud de la niña; después, por el inapropiado proceder de la madre. La primera estaba de mal humor, caprichosa, sin querer hablar con la madre, dándole la espalda. Esta, queriendo congraciarse con la hija, le insistía en que le compraba aquellas botas, que le había dicho que no porque le parecían caras, pero que daba igual, que lo que no quería era que se disgustase. Pero la niña, ni caso. Jugueteando con el móvil, ni se dignaba escucharla. La madre insistía, casi suplicaba, y prometía que en Navidades le iban a regalar esto, aquello y lo de más allá. «¡Dios mío, adónde llegamos!», dijo en voz baja una señora mayor detrás de mí, y yo asentí con la cabeza. A esa niña, en ese momento, la madre tenía que haberle recriminado su actitud caprichosa, y en vez de insistir en comprarle esas botas caras, debería explicarle que el dinero cuesta ganarlo y que no siempre se puede comprar todo lo que nos guste. Esa lección tendrá que explicársela algún día, y cuanto antes lo haga, menos le costará a la niña asimilarla.

Le conté esta anécdota a un amigo mío que es profesor de Primaria y no sólo no se sorprendió, sino que me dijo que, casos así, de caprichos y de chantajes a los padres, los ve a diario en su colegio. Y lo peor, añadió, es que los niños de esta edad, últimos años de Primaria, cada vez se muestran más dispersos en clase, con menos capacidad de atención para lo que no acapare su directo interés. Hasta les cuesta estar quietos en su asiento, incapaces de imponerse esa quietud e inmovilidad que exige el estar atentos y concentrados en el trabajo. Los profesores no pueden explicar más allá de cinco o seis minutos seguidos, sin que un grupo, cada vez más numeroso de alumnos, desconecte de lo que está oyendo. Esto es tremendo, comentamos a dúo, pues la enseñanza y el aprendizaje requieren concentración y sosiego. Justo lo que no encuentra el niño de hoy en su entorno inmediato, rodeado de aparatos sugestivos que atraen su atención y su especial interés. Entre la televisión, el móvil, con sus chats y sus selfies, la play station…, no encuentran un momento al día para sentarse en su casa, con un chiste o con un libro, con un periódico, con algo interesante que leer. Dice Goleman, el psicólogo americano autor del célebre libro La inteligencia emocional, que «la concentración puede ser más decisiva para la vida de un niño que su coeficiente intelectual». Y son los padres los que deben organizar el uso de toda esta tecnología en sus variados dispositivos, y racionarlos en casa adecuadamente. Nos estamos olvidando de que la formación de un niño requiere mucha constancia y dedicación. Y tiempo para él solo, para que se entretenga leyendo, dibujando, tocando un instrumento musical, además de estudiar lo que toque para el día siguiente. No hay que olvidar que todas las obras importantes se logran con concentración y perseverancia. Y con ese tiempo que emplea en sí mismo, el niño acabará dominando también esa hiperactividad tan enemiga del rendimiento escolar. Y, probablemente, hasta les sirva para controlar los caprichos y no quedar en evidencia en la cola de cualquier caja comercial.