Pasado y presente

josé antonio ponte far VIÉNDOLAS PASAR

FERROL

25 nov 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

sentí una agradable emoción cuando leí en las páginas locales de este periódico que Ana Martín, la hija del admirado y polifacético Alfredo Martín, estaba enfaenada en preparar el Belén de la Orden Tercera para abrirlo al público estas Navidades. El pundonor filial de esta chica, también historiadora, profesora y periodista, va a permitir a los ferrolanos y a quienes nos visiten, volver a contemplar, con la fascinación que sólo sienten los niños (y que los adultos recuperamos con el recuerdo de cuando lo éramos), esa aldea oriental con vida propia creada por su padre. Hay en su empeño una ferviente solidaridad con él, un sentirse orgullosa de su obra, un querer prolongar la excelente obra de su progenitor.

Generaciones de niños ferrolanos han disfrutado, a lo largo de los años, de la magia que se vivía contemplando este original Belén, y todos ellos, hoy hombres y mujeres mayores, lo tienen en un lugar distinguido entre sus recuerdos infantiles. Yo, que llegué a Ferrol ya siendo profesor, no conocía este pequeño milagro del Belén de Alfredo Martín hasta que llevé a mis hijos a verlo, y puedo asegurar que disfruté tanto o más que ellos contemplándolo. Ana está empeñada en que esa emoción siga acompañando a los niños y a los padres que lo visiten en la Orden Tercera.

Emoción y anécdotas curiosas tuvo que haber muchas a lo largo de tantos años y tanta gente que lo ha visitado. Una célebre, protagonizada por personajes reales, la cuenta el narrador ferrolano Emilio Dopico Dorrio en su excelente libro de relatos ¿Me lo dices o me lo cuentas? En una calle de Ferrol Vello, en una tarde de vacaciones de la Navidad de 1966, están reunidos niños y adolescentes hablando de sus cosas. Uno de ellos, de unos nueve años y el mayor de tres hermanos, dice en alto que él no cree en los Reyes Magos, que no existen, que son los padres. Lo dijo, quizá, por presumir de mayor. El caso es que, en el grupo de chavales, y escuchando la conversación, estaban un primo suyo y un amigo de este, ambos de dieciséis, y que esa misma tarde se vestirían de reyes en el Belén de la Orden Tercera. Al anochecer, el niño descreído acudió, con otros compañeros, a ver el Belén. Y allí, en el rellano, se encontró con los tres Reyes Magos sentados en sendos sillones con el boato correspondiente. El rey Gaspar (su primo) llama al niño por su nombre y le dice que se acerque. El chaval obedece, entre admirado y temeroso. El rey ahora se dirige a él por el nombre y los dos apellidos, le dice calle, número y piso donde vive, los nombres de los padres, los nombres de los dos hermanos… El niño está cada vez más sorprendido y atemorizado. Entonces el rey le recrimina que a sus nueve años no crea en ellos, y aún peor, que lo ande diciendo por ahí… Después de una pausa, Melchor se dirige a Gaspar para decirle que, como ese chaval no cree en ellos, borre de la lista la bicicleta, los patines y el fuerte que les había pedido en su carta. «La bicicleta, ¿también se la sacamos?, pregunta con pena Gaspar. «También, es que dice que no existimos», replica Melchor. El niño, a punto de llorar, se puso de rodillas, juntó las manos como para rezar, y les dijo: «¡Por favor, señores reyes, sí que creo, se lo juro!» Sus Majestades se alegraron de que el chaval recobrase la cordura. El niño, hoy un hombre maduro, seguro que se acercará hasta allí y se alegrará también de que el Belén de Alfredo Martín pueda seguir haciendo milagros.