Técnica desperdiciada

José Antonio Ponte Far VIÉNDOLAS PASAR

FERROL

Hace ya mucho tiempo que tengo el convencimiento de que uno no puede sentarse delante del televisor sin el plan previo de ver algún programa o espectáculo concreto. Y hay tan pocos que valgan la pena, que pienso que es mucho más productivo aprovechar ese tiempo de ocio en ocupaciones más provechosas. Cuando llegó la televisión a nuestras casas, yo fui de los que pensaban que estábamos ante un invento extraordinario, que traería consigo una revolución cultural impensable, semejante a las que provocaron la invención de la escritura y, muchos siglos después, la de la imprenta. No entendía cómo la mayoría de los intelectuales de aquel momento decidieron muy pronto alinearse en contra de semejante invento. Venían a decir que todo lo que sale en la tele es basura o pérdida de tiempo. Tuve la convicción de que se debía al recelo que crea en el ser humano todo lo que es nuevo y sorprendente. Hasta el mismo Platón llegó a considerar peligrosa la invención de la escritura -«los hombres dejarán de ejercitar la memoria ya que contarán con lo que está escrito»-, y también Gutenberg tuvo una multitud de detractores. Pues, en lo que respecta a la televisión, creo que aquellos intelectuales estaban en lo cierto. Hoy en día el magisterio que imparte la tele es nulo, y muchas veces, negativo. Programas del corazón en los que priva el cotilleo y lo superficial, concursos de cocina empalagosos, otro con parejas que descubren el amor en una cena hablando vulgaridades. Tampoco los programas supuestamente más serios, como los de opinión política dan para mucho. Cada uno de los tertulianos parece que va pagado por un partido político. Cada cual juzga los hechos con las gafas del color de su partido, sin que se avengan a discusiones razonadas y bien argumentadas para defender sus distintos puntos de vista… Los participantes en cualquier mesa de debate político, socio-laboral, deportivo o del corazón, pugnan entre ellos a ver quién grita más y cuál insulta mejor. Lo malo de todo esto es que, según dicen los psicólogos, los espectadores, incitados por esos modelos, tienden a repetir lo que oyen. Así que, con modelos así, lo que pueden ver nuestros jóvenes cada noche en la pequeña pantalla poco va a ayudar a su formación cultural y cívica.

 Mi generación llegó tarde a la tele, ya superada la infancia. En mi caso, la descubrí primero en el colegio, y los recuerdos iniciales que tengo de ella son las retransmisiones de los entierros del Papa Juan XXIII y de John Kennedy. Y algún partido del Real Madrid en la copa de Europa. Ya siendo un adolescente, la tele llegó a nuestra casa. Fue colocada en un sitio preferente del salón y tratada con mucha consideración por toda la familia. Los sábados por la noche también venían dos o tres niños vecinos, alguno con sus padres, a ver El Santo o El fugitivo: una forma sencilla de socializarse compartiendo momentos de ocio. Y a pesar de la precariedad técnica de aquellos tiempos, yo guardo muy gratos recuerdos de algún programa de aquella televisión de dos canales y en blanco y negro, como el que se titulaba Estudio uno, en el que vi, por primera vez, algunas obras de teatro excepcionales. O A fondo, una entrevista interesantísima a escritores o artistas de gran importancia. O aquel otro de cine, Sesión de tarde, que llenó emocionalmente muchas horas de mi vida con algunas películas inolvidables. Habría que rescatar el modelo, por sobrio y serio.