Lo de leer en los cafés también tiene su encanto, qué duda cabe. Y hasta hay en ello una cierta magia, a veces. Lo cierto es que esa lectura que uno hace a ratos, rodeado de gente, entre conversación y conversación, durante alguna pausa -lo de pausa es un decir- del ajetreo diario, no puede tener la misma profundidad que la que se lleva a cabo inmerso en el silencio de la noche, al amparo de la madrugada. Pero también es una forma de leer muy enriquecedora, y sobre todo de sentirse acompañado por los libros. A mí, particularmente, la madrugada me gusta para la relectura, para volver a las páginas de los clásicos. Y las pausas del día las prefiero, en cambio, para ir leyendo, un poco a salto de mata, otros libros distintos, por lo general las novedades que los amigos me van recomendando. Ahora mismo estoy con La sirena y la señora Hancock, de Imogen Hermes Gowar, y con Sombras de Reikiavik de Anthony Adeane. El primero me ha sorprendido para bien. Y el segundo me ha parecido fantástico. Pero esta noche, si Dios quiere, releeré -además de a Simenon- un magnífico texto de Néstor Luján que ya está esperándome: un prólogo a una vieja edición de Salvat de Las crónicas del sochantre, de Álvaro Cunqueiro, que voy anotando, y en el que el periodista, novelista y gastrónomo catalán habla del escritor gallego alabándole, entre otras virtudes, el ser, además de «dulce en la amistad» e «irónico y condescendiente ante la enemistad», un fabulador capaz de aceptar la existencia del «mundo real», aun teniendo lo sobrenatural a la vista siempre. Todos los grandes libros son un hermoso milagro ¿no creen? Como el afecto verdadero. Eso, y que ya vayan viniendo las cerezas.