El historiador y antropólogo danés Gustav Henningsen (Slagelse, 1934) es, como ustedes bien saben, el autor de El abogado de las brujas, un magnífico libro que nos permite conocer hoy, gracias a una titánica investigación en los archivos inquisitoriales, qué fue lo que desató realmente la persecución, a comienzos del siglo XVII, de las supuestas hechiceras de Zugarramurdi. Una obra que viene a reivindicar, por fin, con la intensidad que su legado merece, la magna figura de Alonso de Salazar y Frías, de quien para ser justos habrá que decir en voz bien alta que acabó en España con la persecución de un fenómeno -la brujería- que no existía más que en la maledicencia, en los falsos testimonios y, en última instancia, en la imaginación. Un libro, en fin, cuya lectura resulta especialmente recomendable no solo para cuantos aman la historia, sino también para quienes quieran tener muy presente que la envidia, la delación, la intolerancia, el rencor y todas las clases de odio que emponzoñan la faz de la tierra pueden destruir una sociedad entera... si no se les pone freno con el sentido común. Pero dicho esto, y disculpen la extensión del preámbulo, de lo que de verdad quería hablarles yo hoy es de otra faceta de Henningsen, la de extraordinario fotógrafo documental. El Museo do Pobo Galego acaba de reeditar las imágenes de santuarios y romeros que el investigador danés tomó en Galicia entre 1965 y 1968. Un trabajo excepcional. Imágenes como las que tomó en San Andrés de Teixido me han emocionado profundamente. En ellas renace, gracias a algún extraño milagro, toda la fuerza telúrica de un mundo que jamás se borró de mi memoria, pero que creí no volver a ver más.