Una de estas tardes de lluvia pertinaz y sin contemplaciones, estuve revisando papeles que se acumulan en carpetas ya sin ninguna validez, aunque sirvan, eso sí, para alimento de recuerdos. Y en una de ellas encuentro todo una aglomeración de agobios y preocupaciones, nervios y tensiones, disgustos y alegrías, pertenecientes a un ya lejano mundo académico: papeletas con notas de exámenes, libro escolar con todas las calificaciones desde ingreso hasta el antiguo Preu, títulos de bachillerato elemental y superior (incluidas las de las dos temibles reválidas), papeletas con las calificaciones finales de asignaturas de la carrera… Un auténtico arsenal académico que induce a pensar que una parte considerable de la vida de la gente de mi generación que ha tenido la suerte de estudiar la ha perdido haciendo exámenes, sometiéndose a todo tipo de pruebas para demostrar que se saben cosas que, en un porcentaje alto, sirven después para bien poco. Pero más desasosegante aún resulta comprobar que, después de este Himalaya de obstáculos en forma de exámenes y pruebas, nadie pueda garantizarles a esos jóvenes españoles la esperanza razonable de encontrar un trabajo digno. Y si al final de los estudios que dan una titulación, uno se decide a hacer unas oposiciones a un puesto de funcionario del Estado o de cualquier organismo oficial, las horas de estudio continúan, el estrés acumulado es mayor y el éxito nunca está garantizado.
Este carrusel casi interminable para mí empezó muy pronto. Lo recuerdo ahora al ver una fotografía descolorida en la que estamos un compañero de escuela y yo el día de la primera comunión, que hicimos juntos, un domingo soleado de mayo, en la iglesia del pueblo. Estamos los dos sonrientes, y pudiera pensarse que era por la felicidad ingenua de ese día tan señalado para los niños de entonces. Pero no, era de alegría por no tener que ir más a la preparación religiosa para ese acto eucarístico. Íbamos los dos a casa de una señora soltera y muy beata, que nos tomaba el catecismo y nos examinaba de la materia religiosa y litúrgica que ella previamente nos explicaba y nos exigía al pie de la letra. Era exigente e insobornable. No nos pasaba una, y se tomaba su tarea de formar nuevos cristianos con la seriedad propia de los trabajos trascendentales… Ninguno de los dos entendía semejante severidad, pero mi amigo lo pasaba francamente mal porque su cabeza estaba más predispuesta a aprender a reparar motos en el taller de su padre, que a memorizar doctrinas evangélicas. Lo de memorizar no era lo suyo. Tampoco lo era el ejercicio físico, pues ahora que lo veo en la foto, regordete y rechoncho como era, aún recuerdo el bochorno que se pasaba en la clase de Educación Física de los primeros años de bachillerato, cuando se veía incapaz de dar una sencilla voltereta o de saltar por encima de un listón colocado a la humilde altura de un metro. Muchos años después coincidí con él sacando el carné de conducir (¡otro examen más!) y seguían sus problemas con la teoría, mientras que en la práctica era un auténtico experto.
Tanto esfuerzo, tantas horas de trabajo, además de preocupaciones y nervios, son necesarios para aspirar a un puesto de trabajo mínimamente digno en España. Y muchas veces, sin ninguna suerte. Viendo lo que pasa hoy en el mundo de nuestra política, lo mejor sería entrar en él directamente. Buenos sueldos y ahí no te examinan de nada. Mi amigo fue concejal durante años en un pueblo vecino...