Púgiles

José Varela FAÍSCAS

FERROL

28 mar 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Viejos mitos del boxeo poblaron la fantasía de mi infancia. Max Schmeling, el alemán con mandíbula de cristal; Alf Brown, la Araña negra, un panameño delgaducho de brazos como látigos; los retos entre Dempsey y Tunney, con su origen social antagónico; el francés Carpentier, el Hombre orquídea; Joe Louis, el Bombardero de Detroit; el invicto Rocky Marciano… años más tarde, Sugar Ray Robinson, un prodigio de esquiva; José Legrá, el Puma de Baracoa; otro pluma, español de origen, Fred Galiana; Ben Alí, el pequeño marroquí; Luis Folledo… tantos nombres. Durán, Mano de piedra; el argentino Nicolino, el Intocable, tan escurridizo era; José González Dopico… y Muhamad Alí, cuyo póster iluminaba mi habitación, al lado del gimnasta japonés Jato, este en las anillas. Era tal el embrujo del boxeo que, con las pesetas arañadas a las pasantías y a la gaita, me hice con dos pares de guantes de seis onzas con los que nos zurrábamos los zagales de la calle de Ínsua para pasar el rato y liberar furia. Pero yo tenía la ventaja de un fascinante contador de historias que alimentaba mi ensueño, un viejo púgil amateur cuyo recuerdo me acompaña. Un día quise saber qué le había llevado a un ring. Era, confesó, un adolescente menudo de Canido seducido por el boxeo. Se acercó a un club para saber qué se requería para iniciarse. El encargado le calzó un par de guantes y le dio una somanta por respuesta. Después le consultó si seguía interesado. El chaval le dijo que sí, y a la pregunta de por qué, le respondió que para devolverle la paliza. Con el tiempo, el preparador rehusó cruzar guantes con él, quien, al poco, se hizo con el cinturón gallego de los moscas. Era mi padre.