Nueve menos cinco de la mañana. Recinto ferial de Punta Arnela. FIMO. Las cintas de plástico dibujan un pasillo serpenteado donde, al final, dos chicas esperan a los recién llegados. No hay nadie. Es muy temprano. Las dos profesionales los reciben en la puerta del recinto, una pide el código QR y otra entrega un folleto informativo sobre la Chave 365 (ese código que permite bajarse de la Red el certificado de vacunación, así como acceder a la ficha clínica, y hacer otros muchos trámites telemáticos de la Xunta). Los tres o cuatro cuarentañeros entran en FIMO guardando la distancia y se cuelan en una gran sala de vacunación, que, pese al atrezzo, es el antiguo hall de entrada del recinto ferial.
Todos con el móvil en la mano, dispuestos a enseñar el QR. Uno de ellos nervioso le pregunta a otro si se acuerda del código que dijo la chica de la entrada. El otro le responde: «Ni idea». La cola avanza y otra chica les indica el número de puesto de vacunación al que deben acudir. Apenas pasan unos minutos cuando llega el turno. «Número 5», grita la enfermera.
Se acerca pero todavía otro joven está recogiendo sus cosas, mientras se presiona con la mano la gasa que cubre la zona del pinchazo. Cuando ya se va, se sienta en la silla del puesto, separado por un biombo del resto. Una enfermera empieza a enumerar una serie de preguntas y le informa de la vacuna que le van a poner: «Pfizer, la siguiente dosis es a los 21 días».
Llega el pinchazo. Un dolor pequeño y soportable. Una gasa con esparadrapo para tapar la zona y toca esperar 15 minutos por si se produjese alguna reacción alérgica. Una zona habilitada con sillas perfectamente colocadas y guardando la distancia de seguridad espera a solo unos metros de los puestos de vacunación. La mayoría mira el móvil o lee el folleto que fue entregado a la entrada.
Cada pocos minutos, uno a uno se va levantando y abandonando la sala. A los 15 minutos mira el reloj, se levanta y sale de FIMO. Se cruza con dos o tres personas que acceden a la sala a vacunarse. Coge las llaves del coche y se mete dentro. Mira el reloj, son apenas las nueve y media. Ya está vacunado. Piensa en que si en enero, en plena tercera ola, le hubiesen dicho que en junio estaría vacunado él, su padre, su hermano y gran parte de sus amigos, no se lo creería. Se toca el hombro izquierdo. Y se emociona un poco.