Con la paciente sabiduría de un abuelo, la Xunta ha zanjando por omisión el fatigoso debate entre partidarios de la modalidad tradicional y la sin muerte en la pesca fluvial. Ambas convivirán como siempre otro año más, al menos. Se respetan así los diferentes estilos de quienes practican la pesca con lombriz. Varelita, mi maestro, por ejemplo, pespunteaba el río meticulosamente con su caña de bambú enqueirada y anillada por él; introducía la rabiza con la miñoca suspendida entre los zarzales como quien coge puntos a las medias de cristal con una carrera. Más que cachear, zurcía los regatos con precisión de orfebre; escrutaba las hebras del lienzo del río para insertar la puntera. El método le proporcionaba resultados más magros que otros compadres que hilvanaban con puntadas largas y solo en las posturas más prometedoras, pero tal vez le resultaba más satisfactorio confirmar la intuida presencia de alguna trucha en los lugares más inverosímiles. Quien sabe si Varelita era sin saberlo un poeta del regajal y, como Kavafis en Itaca, cayese en la cuenta de que el camino es más valioso que el destino. He visto ciertos pescadores ágiles y diestros como tiradores de esgrima accediendo de perfil al río. Otros, lentos y de apariencia inofensiva que me recordaban la táctica del rape. De los de cebo artificial, me asombró alguno que disparaba la cucharilla como un arquero, con la puntería de un ballestero avezado; o los malabaristas de la cola de rata, domadores circenses diestros con un látigo que acaricia el agua como un plumón de oca al descender. Un espectáculo formidable. O las sedosas pinceladas sobre el agua que trazan los pescadores como mosca ahogada.