La normalidad democrática de la investidura de los presidentes del Gobierno, propia de un país con más de cuarenta años de democracia, peligra. Y por eso dirijo mi mirada a la realidad política, que parece un laberinto de minoyorías que exigen su parte. Y pienso que algo muy grave está pasando para que, con soberbia indisimulada, una suma de perdedores se haya proclamado ganadora absoluta sumando, incluso, a delincuentes y prófugos de la Justicia, que elevan su voto a la categoría de condicionante absoluto del futuro gobierno, aunque sea a costa de destrozar la Constitución a fuerza de borrones. Mientras, España se despierta a diario bajo una lluvia de vinagre, contra los otros, de quienes se sienten seguros de que nada moverá su asiento. Al tiempo, esos otros aceptamos resignados, que la convivencia se vaya contaminando de autocracia, fruto de la ocupación por el Gobierno de instituciones cuya independencia es imprescindible en democracia. O de la cobarde tibieza de algunos cargos políticos incapaces de rebelarse ante la sobreactuación de los radicales que mandan en plaza en nombre de una mayoría, pactada en las trastiendas, tras una feria de concesiones a quienes quieren romper España, yéndose de ella o expulsándola de un territorio de que pretenden usurparnos. Con un abanderado, Sánchez, que presentará al rey una virtual mayoría? que incluye a quienes no lo reconocen como Jefe del Estado y se niegan a acudir a la cita con él. Al rey Felipe VI quiero dirigir mi amable y esperanzada mirada. Porque él hará lo que debe, con lealtad a España, a los españoles y, tal como juró, a la Constitución.