Acabo de regresar de Mosul, ciudad del norte de Iraq que, en 2014, se convirtió en el corazón del llamado estado islámico. En este país árabe, paraíso de los arqueólogos por ser cuna de civilizaciones milenarias como la asiria y la babilónica, he convivido con jóvenes que no han conocido la dictadura de Sadam Hussein.
Pese a mis dudas iniciales, por los efectos de la guerra en la zona, he sentido de cerca su hospitalidad, su amabilidad, pero también sus inquietudes, sus temores y sus anhelos en una región cuyo futuro pende de un frágil hilo. He disfrutado de la diversidad lingüística de un país en el que se habla con naturalidad en árabe, en kurdo, en turco y en inglés.
He trabajado rodeado de soldados, de policías, de milicianos, de coches blindados, de chalecos antibalas, de bases militares y de campos de refugiados. Veinte años después de la invasión norteamericana de Iraq, esta es la realidad cotidiana de un país rico en un recurso estratégico como es el petróleo, pero roto y empobrecido en lo social por los continuos conflictos. La guerra no ha traído la prosperidad al país.
En Mosul tuve conocimiento de la terrible noticia de los atentados del grupo Hamás en suelo israelí. Desde hace más de diez años, por mi trabajo, viajo con frecuencia a Jerusalén y a Cisjordania. Amo profundamente esta tierra antiquísima, la tierra santa, donde he visto de cerca las terribles consecuencias del conflicto palestino-israelí. Por esta razón, observo con gran preocupación la ligereza e ignorancia que evidencian algunos de los posicionamientos políticos, ideológicos y religiosos a favor de una u otra parte del conflicto.
Repruebo a partes iguales tanto los terribles actos de Hamás como los fallecidos en Gaza en nombre de una defensa justa. Una vida no vale más que otra. No se puede deshumanizar el conflicto, naturalizar la muerte de niños o minusvalorar el sufrimiento de una parte frente a otra. El dolor por la pérdida irracional de un ser humano es universal.
Esta no es una guerra justa, si es que eso existe, del estado (judío y democrático) de Israel contra el fundamentalismo islámico. Aunque la realidad es compleja y ha evolucionado desde 1948, el trasfondo no es otro que una lucha histórica por el dominio de una tierra. Pero, por mucho que le escueza, Israel no puede borrar del mapa a Palestina, a pesar de ser un estado que no ha sido reconocido, entre otros países, por España. Es una hipocresía más de las relaciones internacionales heredada del siglo XX. La solución de los dos estados parece cada vez más lejana, si es que alguna vez estuvo cerca.
El control de Gaza por Hamás y la política de construcción de colonias israelíes en Cisjordania alimentan la tensión, el odio, y alejan cada vez más la cohabitación de palestinos e israelíes. El regreso de la paz a la región debe ser el único objetivo. La venganza no es una buena estrategia y la violencia (venga de donde venga) solo genera desesperanza entre una población, que solo aspira a tener una tierra en la que poder vivir en paz (salam en árabe y shalom en hebreo) con sus familias (cristianas, judías o musulmanas). Levantar muros o lanzar misiles es de cobardes. El diálogo es de valientes. No hay mejor arma que la palabra para construir un mundo mejor. ¡Que callen las bombas!