Son los libros quienes nos escriben a nosotros, aunque a menudo pensemos lo contrario, permítasenos insistir de nuevo en ello. Todos los libros tienen vida propia, incluso los que no llegan a escribirse jamás y solamente se sueñan. Eso, de hecho, es algo que le he oído comentar muy a menudo a Miguel Carlos Vidal, poeta nacido a finales de los años veinte del pasado siglo cuyos versos nos demuestran que la mejor poesía es fruto de un proceso de destilación cuyo horizonte mira a la eternidad, o incluso un poco más lejos. A Vidal acaba de rendirle homenaje el mundo de la cultura, reconociendo su inmensa contribución a las letras tanto en calidad de escritor como en su dimensión de coeditor de la legendaria, y tan añorada, revista Aturuxo.
Y a mí me da por pensar (acordándome precisamente de Vidal y de cuantos junto a él le abrieron caminos nuevos al arte de hacer versos) que, entre las casi innumerables ciudades que hay en el mundo, Ferrol brilla con luz propia por haber sido siempre tan fértil en poetas.
Cierro los ojos e imagino a Vidal —por ejemplo, junto a Mario Couceiro y Tomás Barros— diseñando, a mediados del siglo pasado, sobre el mármol de una mesa de café, un nuevo número de su revista; y después leyendo en voz alta algún poema; un poema escrito a mano, naturalmente.
Tengo junto a mí un pequeño cuaderno colorado que compré al lado de la basílica de San Martiño, en Foz, hace unos meses. Intento que el cuaderno me devuelva la mirada del niño del que desciendo, del niño que soñaba con la nieve, pero no quiere. Además, casi no entiendo mi letra.