Lo cotidiano no tiene historia ni lugar en la gloria. Pero si lo borrásemos de la memoria moriría el corazón del universo que se crea alrededor de la vida del día a día, que ofrece alicientes para mantener las ganas de vivir, a pesar de lo difícil que resulta soportar los trágicos sucedidos que merecen un decreto de excepcionalidad, que los califique como: de intolerable frecuencia y ocasión para un compromiso de solidaridad; transparencia y planificación de las actuaciones que procedan. Además de exigir la responsabilidad que corresponda. Pero hoy, al contrario, solo se busca ganar el relato y para no perderlo lo disfrazan de dato.
Lo cotidiano, con mayor frecuencia, se ve alterado por sucesos gravísimos, que despiertan la solidaridad y una emoción compasiva de los ciudadanos, pero poco duradera y sin secuelas, que muevan el espíritu del ‘nunca máis’ que parece exclusivo de una izquierda sectaria que se realimenta en la aparente —espero que aparente— indiferencia del centro y la derecha moderada.
Mi reflexión nace de una imagen bellísima: la calle de la Iglesia, contemplada desde la Cuesta de Mella en un atardecer en calma después de la tormenta y de la última tragedia. La luz convierte el suelo en espejo. La ausencia de circulación y peatones permite una visión cuasi museística e idílica de este paisaje, lejos del lugar de quienes en dolorosa espera piden que les devuelvan a los suyos... para abrazarlos o darles el definitivo descanso. E imagino la vida tras esas bellísimas fachadas ferrolanas: dolor compartido, alguna oración y un ¡Basta ya! a la insoportable verborrea del ministro de Fomento. ¿O acaso el horror es ya asumido como cotidiano?