La luz del espíritu

Ramón Loureiro Calvo
Ramón Loureiro CAFÉ SOLO

FERROL

Ramón Loureiro

01 feb 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

El martes, mientras tomaba café con un grupo de amigos y al otro lado del cristal la lluvia caía con fuerza sobre la Avenida do Rei y el Baluarte del Infante, surgió, en medio de la conversación, la magna figura de Miguel Torga, una de las más altas voces de la literatura del siglo XX. Y todos coincidimos en que Portugal, nuestro país hermano, tiene —de hecho, siempre ha tenido— una extraordinaria capacidad para crear, en los más diversos ámbitos, figuras que, con la luz de su espíritu, parecen haber venido al mundo para hacer mejor la vida de la humanidad entera. Hablamos bastante de Torga, sí. Incluso con una cierta emoción, a veces, recordando su generosidad con cuantos lo rodeaban —era médico de profesión— y su deseo de evitar, permanentemente, cualquier clase de reconocimiento público.

Después hablamos de Fernando Mamede, el atleta luso de excepcional talento al que tanto admiré desde mis tiempos de estudiante de Bachillerato en el instituto Concepción Arenal, cuando él ya era el mejor europeo en la prueba de los 10.000 metros lisos, distancia en la que llegaría a batir en 1984 el récord del mundo. Recordamos, también, la medalla ganada por Mamede en el Mundial de Cross disputado en Madrid en 1981. Y sus casi infinitas victorias en la pista. Más que una leyenda, el corredor portugués fue uno de esos mitos que iluminaron nuestra adolescencia. Cuando horas más tarde me enteré de que había fallecido, no pude evitar las lágrimas.

¡Hasta siempre, campeón! La eternidad es tuya. Y como dicen los portugueses, Mamede, «paz para a túa alma».