Asusta en poco tomar conciencia de que hay amigos muy queridos a los que no hemos visto desde hace años. Perdemos tanto tiempo en mil y una tonterías, todas ellas sin importancia, que ya hemos convertido en costumbre olvidarnos de lo que realmente es esencial en la vida. Y solo así se explica que mientras derramamos nuestra existencia en una pantalla no seamos capaces ni de telefonear, siquiera, a quienes de verdad han tenido —y por lo tanto tienen— un papel central en nuestra existencia: a quienes, en medio de las peores tormentas, siempre han estado a nuestro lado.
Borges decía, como ustedes saben, que la amistad no precisa de frecuencia en el trato; que él podía —era un ejemplo— no encontrarse durante largo tiempo con Bioy Casares, sin que eso impidiese que cualquier día, al reencontrarse de nuevo, reanudasen una conversación, sobre literatura o sobre lo que fuese, como si el diálogo no se hubiese interrumpido más que durante un breve instante. Pero a mí me parece, en cambio, que también la amistad necesita —o, si es que no necesita, al menos merece— ser cultivada con esmero. Lo cual, naturalmente, incluye recordarles a los amigos verdaderos, al menos de vez en cuando, que para nosotros son extraordinariamente importantes.
Uno siempre se dice a sí mismo: «Ojalá yo supiera hacer un verdadero libro; un libro que estuviese a la altura de quienes tanto han significado para mí a lo largo de una vida entera; un libro para dar las gracias». Y eso estaría bien, claro, Pero quizás sea mucho más fácil tomar café, ¿no creen?. Un café, o varios.