De la tinta y otros prodigios

Ramón Loureiro Calvo
Ramón Loureiro CAFÉ SOLO

FERROL

Ramón Loureiro

15 mar 2026 . Actualizado a las 15:41 h.

Dicen los científicos que escribir a mano potencia el recuerdo y la comprensión de aquello de lo que se escribe; y que incluso reduce el estrés, mejora la coordinación, potencia la creatividad y hasta ayuda, en cierta medida, a mantener joven nuestro cerebro. Cosas, todas ellas, que me alegra mucho escuchar —confío en que esos beneficios de escribir con tinta sobre el papel alcancen, también, a quienes tenemos muy mala letra—. Y a las que yo incluso añadiría otra que muy pocas veces se menciona: que toda palabra manuscrita tiene vida propia, existe por sí misma, y hace posible el milagro de que todo cuanto se sueña sea cierto. Uno sigue siendo fiel a su costumbre de escribir, especialmente todo cuanto va dirigido a los amigos, con pluma estilográfica. A ser posible, con un café cerca —desde hace años, preferentemente descafeinado, qué vamos a hacerle—. Dice el gran Pierre Michon, quizás el más grande de los narradores europeos vivos, que él, cuando escribe, se siente «como un cardenal». Yo lo imagino a él escribiendo en su casa de La Creuse, en eso que se suele llamar el fondo de Francia, mientras el invierno campa a sus anchas al otro lado de los cristales y en la cocina, que probablemente olerá a laurel y a naranjas, crepita el viejo fuego del hogar, que es a a la vez luz y calor y afecto.

Recuerdo muy bien un fuego así. Como recuerdo también (permítaseme citar a François Villon, que además de salteador de caminos fue uno de los más grandes poetas del siglo XV) las «nieves de antaño». Ojalá la tinta pudiese detener el paso del tiempo. En Escandoi, al menos.