Hoy es Domingo de Resurrección, el Domingo de Pascua, que, aunque a veces lo olvidemos, es la más grande de las fiestas del Cristianismo, porque en ella se celebra la victoria de Cristo sobre la muerte. Y yo, queridos amigos, me permito enviarles, desde aquí, mi felicitación más afectuosa a todos ustedes, al tiempo que les agradezco, de nuevo, su presencia al otro lado del papel y la tinta. Pero, dicho esto, no me resisto, tampoco, a recordar que mañana es Chamorro. Ni a dejar de decirles que Chamorro es la primera de las grandes romerías de la primavera gallega. Así que yo hoy, un año más, este domingo, que es fiesta y víspera al mismo tiempo, releeré Dafne y ensueños, de Torrente Ballester, para poder soñarle a Serantes, lugar al que tanto quiero, las Torres Mochas, situadas —no muy lejos del santuario de Nosa Señora do Nordés— frente al campo de la Feira do Dous. Y sobre todo para escucharle decir de nuevo a don Gonzalo, ahora con mis ojos —precisamente en Dafne y ensueños—, aquello de que «la imagen de la Virgen del Nordés» que «se visita en Chamorro» es «pequeñita», y «el Niño le asoma por un agujero que hacen al manto, una especie de ventanita redonda y galoneada de oro».
Me gusta subir a Chamorro todos los Lunes de Pascua. Siempre he ido, porque si alguna vez no he podido subir en persona lo he hecho con el corazón, a la par que con el pensamiento. Allí, un año sí y otro también, suelo reencontrarme con amigos que a veces no veo durante meses. Y la luz de las velas me trae el recuerdo de los que ya han marchado a vivir al otro lado del río; quizás también ellos, ahora invisibles, suban la cuesta.