Conozco el riesgo de que mi insistencia en algunos temas desmotive a los lectores. Pero, por circunstancias dolorosas, ha crecido mi preocupación por la situación que viven los dependientes que carecen de los cuidados que necesitan. No desconozco que la ley de dependencia ha traído algo de alivio. Pero, lo digo con dolor, sufre un importante desfase con el hoy de la dependencia.
Considero un hallazgo el artículo de La Voz (día 4 del 5) que aborda con sereno realismo qué difícil es conseguir algún resultado positivo en el tratamiento de evitar que se borre la memoria, la comprensión y la realización de lo cotidiano o la lógica ordenación de lo que la mente procesa en el caos que vive un cerebro que apaga sus luces inexorablemente. Sé que esta situación tiene, al menos, dos caras. Hay dependientes que viven rodeados de ternura y, aunque hayan perdido los canales por los que su cerebro envía el mensaje adecuado al lugar adecuado, el cariño consigue que lo reciban.
Y otra cara es la dura realidad de no comprender, de no encontrar las palabras para comunicar lo que piensan. Y vivir en soledad o, lo peor, en la soledad en compañía en un centro que es solo un lugar para estar, no para ser. Por desgracia la entrañable red familiar es ya residual. Y son necesarios cuidadores a los que hay que cuidar y preparar, no solo para la ayuda material. El alma necesita afecto. Y la mente: ejercicio para no vivir a oscuras.
Esta bitácora es un abrazo para el equipo del Edificio Social de Ferrol, que me ha ofrecido la ayuda que podía. Gracias Montse, me has ayudado a comprobar que hacéis lo que podéis y más.