Tuve la suerte, la inmensa suerte, de ser, a comienzos de los años ochenta del pasado siglo —en aquel mundo que ya no existe—, alumno de don Manuel Pérez de Arévalo, a quien la Sociedad Artística Ferrolana ha dedicado un número monográfico de su revista Poesía Galicia. Era nuestro profesor de Matemáticas en el instituto Concepción Arenal; y era, sobre todo, un hombre excepcional, de una generosidad infinita y de una sabiduría absolutamente enciclopédica. Oficial del Ejército —del arma de Artillería, concretamente—, científico, músico, poeta y, al mismo tiempo, un excelente pintor y un gran viajero, Arévalo fue, para quienes entonces teníamos quince o dieciséis años, un verdadero maestro.
Si cierro ahora los ojos, lo estoy viendo de nuevo; y no solo eso: además de verlo, escucho claramente su voz, subrayando la necesidad de ir a visitar, con una rosa en la mano, a Paio Gómez Chariño, poeta también como él y además almirante de la Flota de Castilla: un trovador que ahora habita la eternidad en Pontevedra, convertido en caballero de piedra, y al que don Manuel admiraba desde su niñez. Creo, sinceramente, que Galicia está en deuda con Pérez de Arévalo; y que lo está, de manera muy especial, Ferrol. Pero lo que hoy quiero recalcar, sobre todo, no es eso, sino que quien nunca podrá pagarle la inmensa deuda que sus alumnos hemos contraído con él... soy yo.
(Sé que ahora Arévalo está con Dios, y que desde allí nos oye. Por eso no quiero dejar pasar la ocasión de darle las gracias. Y recordarle, de paso, que lo queremos mucho, aunque estoy seguro de que eso, él, ya lo sabe).