Irene Paleo, centenaria del concello de Mañón: «¡Qué guapo era Robert Redford!»

ANA F. CUBA MAÑÓN / LA VOZ

MAÑÓN

Irene, en el salón de su casa, donde antes estaba la tienda de comestibles
Irene, en el salón de su casa, donde antes estaba la tienda de comestibles I. F.

La historia de Irene de Beaz, como la conocen en O Barqueiro, su pueblo, es la del negocio familiar que gestionó con su marido: tienda, bar, cine, salón y restaurante

21 sep 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

La muerte de Robert Redford cogió por sorpresa a Irene Paleo Paleo (O Barqueiro, Mañón, 1925) y a Rosario Fondevila Paleo, Charito, con quien vive. «¡Qué guapo era!», coinciden tía y sobrina. «¡Y cuánto nos gustaba en Dos hombres y un destino, con Paul Newman!». Irene de Beaz, como la conocen todos en su pueblo, también recuerda las películas de Manolo Escobar —«eran muy simpáticas»— que proyectaban en el cine, uno de los negocios familiares que gestionó con su marido, Antonio Beaz. «Cuando se inauguró, en 1947, (con la película Sé fiel a ti mismo, de Tyrone Powell y Joan Fontaine) se hicieron tres funciones, y en la última ya se dejó la puerta abierta. La entrada costaba dos o tres pesetas», cuentan.

Irene nació el 14 de septiembre de 1925 en el Porto do Barqueiro. «No se parece nada a como es hoy, el mar llegaba hasta las casas y en cada casa tenían una vaca o más. Fui a la escuela de niñas, había un libro para todas [...]. Éramos cinco hermanas y no teníamos donde ganar nada, hasta que nos empleamos todas aquí», relata. Allí tenían una pequeña tienda, pero los primeros años de la posguerra no fueron fáciles: «Faltaba qué comer, había un pan muy malo, como serrín, y unas rajas de tocino, y teníamos que repartirlo entre las cinco. Mi padre falleció joven, en el año 46 [...]. Entonces se labraban las tierras, arrendadas».

Irene y su sobrina Rosario, Charito, de 87 años, con quien vive
Irene y su sobrina Rosario, Charito, de 87 años, con quien vive I. F.

«Pero aquella era una vida excelente —repite durante la conversación—, nos vestíamos de carnaval, íbamos a las fiestas (que eran de día, no como ahora, que es todo de noche)...». Esta mujer menuda de ojos claros, la segunda más joven de las hermanas y la única viva, se casó con Antonio Beaz —«fue a la guerra, en Teruel, cayó herido en una pierna y se recuperó en Asturias»—, quien, años después, transformó el negocio familiar. A partir de la tienda de comestibles de sus padres —el actual bajo de la casa— puso en marcha un bar, un restaurante, un salón de baile y un cine. «También era ferretería, había almacenes por ahí y vendíamos materiales de construcción, abonos... de todo. No había otro... era después de la guerra, cuando la gente se iba a la emigración», repasa. «Yo era la jefa [risas], estaba en la tienda», apunta.

«Tiempos duros, de hambre»

Su boda se celebró en el salón de Beaz, como la de tantos vecinos —Rosario dice que en una familia de As Negradas (O Vicedo) todos se casaron allí—, con 200 invitados: «Vino una dulcera de Ortigueira dos días y Cecilio asó los pollos». Irene evoca aquel tiempo, «todos en familia, que siempre ha estado muy unida». «También teníamos animales, vacas, gallinas... se mataban dos cerdos grandísimos, y la huerta. Todos trabajábamos en todo, y mucho [...]. Pero fueron tiempos duros, de hambre, en la tienda se despachaba el racionamiento... se pasó mal».

La familia Beaz también tenía participación en varios pesqueros, como el Primavera, «con Lauro, en Bares», y el María Bernarda, «con José Antonio, en Celeiro». Su único hijo, José Daniel, ingeniero naval y profesor universitario jubilado, creó hace una década un museo del mar con más de 500 piezas, muchas conservadas por su madre y otras donadas o cedidas por vecinos y amigos. Es parte de los antiguos inmuebles del negocio familiar. El bar (reconvertido hace unos años en el Bar Queiro) se cerró en 1974; y el cine (que permanece casi intacto) ya llevaba un tiempo sin funcionar, aunque luego se alquiló por un período breve.

«Mi vida ha sido muy bonita, con varias etapas, pero siempre lo pasé bien», reitera Irene, que necesitaría días para desentrañar un siglo de historia. Habla con ternura de su hijo (vive en Madrid), sus dos nietas (trabajan en Bruselas) y sus tres bisnietos —«el mayor ya hizo el primer año de la carrera de Matemáticas»—, y con especial agradecimiento de su sobrina, de 87 años.

«Me gusta comer bien»

«Mi tía cocinaba muy bien y era muy ágil», dice Charito. Ahora es ella quien se ocupa de los fogones. «Me gusta comer bien», confiesa Irene. Entre sus platos favoritos está el salpicón de lubrigante, la tortilla (de jamón, de patata y hasta de pan) o los combinados (siempre con huevo frito). Tampoco perdona el café ni el vaso de vino blanco Diamante. Y maneja las agujas de la calceta (su afición de siempre, igual que el ganchillo, como demuestran dos colchas y las puntillas de todas las toallas) con sus manos blanquísimas, que no parecen haber cumplido un siglo, aunque los brazos se le cansan. «No puedo con los años, me pesan mucho».