El desenlace empieza a decantarse

Leoncio González

FIRMAS

12 ene 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Si fuese posible comparar las fases de una candidatura con el recorrido de un globo aerostático, podría decirse que la de Mitt Romney ha levantado el vuelo. Sin excesiva brillantez, es cierto, incluso cometiendo un error de bulto como revelar que le gusta despedir empleados, el antiguo gobernador de Massachusetts sale de Nuevo Hampshire propulsado con una fuerza de la que carecía cuando llegó allí. Se le ve adquirir ventaja y situarse por encima de los demás.

En parte se debió a que el terreno le era propicio. Según los expertos, las bases republicanas de Nuevo Hampshire presentan un perfil ideológico más moderado y menos fundamentalista que el que hoy predomina en el conjunto del partido, como probaría el gran resultado del aspirante más centrista de todos, Jon Huntsman. Pero la victoria de Romney también tiene que ver con la falta de entidad de sus adversarios. Se alternan en la segunda plaza sin transmitir la idea de que pueden presentar una alternativa a Obama más consistente que la suya, como Ron Paul o Santorum, bracean para mantenerse a flote pero no avanzan, como Gingrich, o son brutalmente reducidos a la insignificancia, como Perry.

Aunque el desenlace empieza a decantarse, los análisis que dan por terminada la contienda son prematuros por dos motivos. Pese a que el porcentaje de votos que logró Romney el martes es sensiblemente superior al que cosechó en Iowa, no parece suficiente todavía para enterrar a todos sus contrincantes. Sigue sin causar ese terremoto emocional con el que los grandes líderes transmiten energía a sus seguidores, y el público republicano titubea escindido entre las promesas de futuro que le dirige y una trayectoria pasada que obliga a ponerlas en duda.

Lo más prudente, por tanto, es esperar a la parada en Carolina del Sur, un Estado más conservador donde el voto religioso amenaza hacer perder altura a Romney. No hay duda de que lo mejor para las opciones republicanas de desbancar a Obama sería que ese escenario no se produjese. Las mentes más lúcidas de la formación temen que los ataques entre sus candidatos estén haciendo el trabajo sucio a los demócratas, no tanto por la dureza de la competición en sí, sino porque la debilidad de quienes la protagonizan no asegura que salgan vivos.