Supongamos que Alex Salmond gana la partida a David Cameron y en el referendo sobre la independencia de Escocia se impone el sí. Según declaró el hoy ministro principal escocés, lo primero que haría sería solicitar el ingreso en la UE. En este caso, ¿Qué decisión adoptaría Bruselas? ¿Colocar la vigesimoctava estrella en la bandera azul o dejar fuera del club a una parte tan importante de Europa?
Evidentemente, España se opondría a la petición porque, si prospera, crearía un precedente por el que podrían transitar después los nacionalismos gallego, vasco y catalán. En teoría, el Gobierno podría bloquear el acceso ya que para lograrlo es indispensable la unanimidad. Pero eso no garantiza nada. No se puede predecir qué sucede cuando una parte de un Estado miembro se separa porque es un escenario que no se ha producido hasta hoy.
Se dirá que tampoco se va a consumar ahora. Cameron no es un insensato y, aunque ha jugado fuerte al aceptar el plebiscito, se reservó dos bazas decisivas para ganarlo: la fecha de celebración y la redacción de la pregunta. Además, cuenta con que hay una mayoría clara de escoceses que no quieren irse. Pero eso tampoco disipa la incertidumbre. ¿Cuántas batallas que parecían paseos triunfales al principio no acabaron en desastre al final?
No es el único aspecto de la cuestión. Con el Reino Unido ascienden a cuatro los países de la Unión sometidos a fuerzas centrífugas que amenazan su unidad o demandan formas asimétricas de relación entre los territorios y el Estado. Si se exceptúa el caso del gallego, son nacionalismos ricos para los cuales la solidaridad estatal es un corsé del que pretenden liberarse obteniendo privilegios bilaterales con los que mejorar su financiación. Sucede con la Liga Norte en Italia, que no tolera la redistribución de rentas hacia el sur, con los flamencos de Bélgica y Escocia no es una excepción. Su secesionismo tiene que ver con los ingresos que genera a las arcas públicas la explotación del petróleo del mar del Norte.
Aunque hasta ahora la conflictividad se dirimió dentro de los Estados, puede adquirir una dimensión mayor si Salmond se impone y otras regiones ricas de Europa copian su ejemplo. Sería un desafío a escala comunitaria, o mejor dicho, lo es ya porque más de uno y de dos esperan a ver qué ocurre para saber a qué atenerse.