La insoportable levedad del patrimonio arquitectónico

José M. López Mihura

FIRMAS

19 feb 2012 . Actualizado a las 07:08 h.

Leía recientemente que Miguel Ángel Buonarotti decoró la Capilla Sixtina para el disfrute de tan solo 200 elegidos de la corte del Papa Sixto, y que Leonardo da Vinci pintó la Gioconda para que la admirasen en su salón el señor Giocondo, su mujer y su prole. Hoy en día los museos han resuelto, en parte, ese papel limitador y exclusivista del arte. Con las edificaciones en general, y las obras de arte arquitectónico en particular, no pasa lo mismo. En cuanto se erige un edificio, automáticamente pasa a formar parte de la ciudad o del entorno en el que se ubica, y su fisonomía externa es disfrutada o padecida por toda la ciudadanía.

De ahí la doble responsabilidad de los arquitectos, por un lado satisfacer las necesidades internas del programa funcional y habitacional de un edificio y, por otro lado, proyectar volúmenes con morfologías y proporciones que configuren una imagen externa en consonancia con el lugar que ocupa, con su significado y, no hay que olvidarlo, con su tiempo. Algunos edificios del tejido urbano, sin ser monumentos, son, por su morfología, proporciones o elementos, dignos representantes del espíritu de su tiempo. Cual si fueran obras de arte, es deber de sus propietarios la conservación, restauración y consolidación de estos edificios.

Para regular esta tarea, los ayuntamientos, a través de los planes urbanísticos, han creado los catálogos de elementos protegidos que, en función del valor arquitectónico de cada edificio, gradúan su nivel de protección. Es el caso del edificio del número 152 de General Sanjurjo, interesante ejemplo de la culta arquitectura modernista de principios del siglo XX. El edificio posee protección estructural, es decir, que interesa conservar íntegramente su fachada, patios y elementos estructurales y tipológicos, estando terminantemente prohibido su vaciado y, mucho menos, su demolición. Escudándose en subterfugios legales, en la falta de rigor o en lagunas de los planes urbanísticos, se han realizado auténticas tropelías contra el patrimonio arquitectónico de nuestra ciudad, recordemos la demolición del convento de Zalaeta. Confío, sin embargo, en que la tan manida crisis económica no afecte al rigor en la protección del legado arquitectónico que nos deja la historia, auténtico instrumento de juicio y conocimiento.