La catedral del detritus

FIRMAS

JOSE MANUEL CASAL

Encaramarse a una montaña formada por 5 millones de toneladas de basura en el vertedero de Areosa es toda una experiencia

01 mar 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

No hay otro lugar como este en Galicia. Es único, aunque quizás no por algo de lo que se pueda presumir. La singularidad de Areosa radica en haberse convertido en una montaña donde se apilan diariamente unas 700 toneladas de basura. Hasta ahora hemos juntado ya cinco millones.

Estamos en lo que los trabajadores del vertedero llaman el Púlpito, la zona más elevada de esta catedral del detritus gallego, con una altura de 37 metros levantados todos a base de bolsas de basura negras. La panorámica es excepcional, pero la basura apenas se ve. La mayor parte de esta extensión que se expande por unas cincuenta hectáreas está tapada con gruesas lonas negras y blancas. Negras por su color original; el moteado blanco es una gentileza de los millares de gaviotas que sobrevuelan el magno vertedero en un tráfico loco y ruidoso; onírico e inquietante.

El Púlpito pierde altura cada día. Probablemente caerá unos cinco metros en los próximos años a medida que la montaña vaya soltando el gas y la humedad que circulan por las mil tuberías que atraviesan este monumento al mal consumo. Pese al sellado provisional, huele mal. Huele a basura. Pero el verdadero olor emana cuando una excavadora pincha sobre la escoria (material inerte e ingnífugo que actúa separando capas de basura de cuatro metros) que aísla mis pies de las bolsas. Apenas se introduce 50 centímetros, pero el hedor me abofetea sin piedad. Me vengo abajo. Hace menos de un año, en el vertedero vecino que gestiona el rechazo de Nostián, tuvieron que remover 200.000 toneladas: una explosión odorífera que se sintió en toda la comarca.

Olor a pan

«¿A qué huele la basura?, le preguntaron a uno en Cerceda -explica el técnico quenos acompaña-. ¿Sabe que contestó?: 'La basura huele a pan'». Y con esto está todo dicho. Debate zanjado.

Desde allí arriba también se ven las balsas de lixiviados, nutridas por un constante caudal negro que fluye directamente de las entrañas del monstruo. Bajamos a verlas, a olerlas. Cinco depuradoras transforman el líquido abyecto en agua pura, cristalina. Yo lo vi. «El alemán que instaló las máquinas se bebió un vaso de agua depurada», recuerda el técnico veterano. «Pero yo no la bebo».

Al vertedero de Areosa le acaban de ampliar la vida cuatro años más por medio de la recalificación de una parcela que pronto empezará a recibir basura. De toda la que llega a Sogama, alrededor del 40 % se apila allí. No hay otra forma de tratarla, porque la planta separa y quema a toda máquina. Pero nosotros generamos residuos mucho más deprisa. Con la crisis se han reducido, pero no mucho.

Si finalmente se ponen en marcha otras plantas de tratamiento en Galicia, es posible que Sogama sea capaz de absorber toda la basura que recibe. Mientras, Areosa se seguirá expandiendo como un panegírico del asco, alimentado con nuestra contribución diaria de bolsas de basura. Con la que deposite esta noche, la montaña crecerá un poquito más.