Viñó o Barra son playas casi vírgenes para gustos muy alejados del modelo publicitado bajo la bandera azul. Para todos los estilos de vida hay playas en la ría. Para quien quiere ser visto desde el paseo, para quien quiere oscurecer las nalgas o para quien quiere disponer de una ducha cerca de la orilla. Cada elección tiene sus consecuencias y, sobre todo, sus responsabilidades. Una playa casi virgen, por ejemplo, requiere la complicidad de sus usuarios. Nada complicado. Sentido común, como diría Mariano Rajoy, y la asunción personal de la gestión de los residuos producidos por cada persona.
En Viñó o Barra, hermosos arenales nudistas, no existe servicio de recogida de basuras. Da igual cuál sea la razón, aunque supongo que es debido a sus complicados accesos. Lamentablemente, son cada vez más quienes, una vez concluida la jornada playera, depositan la bolsa con sus residuos en algún punto del camino. Lo hacen de forma ordenada e incluso cuidadosa. Denota el convencimiento de que alguien debe resolver esa cuestión. No, ellos. Una teoría que tristemente se ha extendido en los últimos años por diferentes ámbitos de la vida.
Desde hace tiempo, en las islas Cíes se obliga a sus visitantes a retornar al continente la basura producida durante su estancia. El ejemplo es adecuado porque en los mencionados arenales cangueses la actitud debe ser igual.
Tampoco es necesario llevar o lixo para casa. Tan solo hay que tutelarlo durante unos minutos, el tiempo suficiente para llegar a los contenedores que sí hay en la carretera. Solo es un mínimo esfuerzo individual a cambio de la satisfacción de regresar al día siguiente y evitar la contemplación de un panorama desolador. La tranquilidad y el sosiego de unas playas hermosas y sin bandera bien lo merece.
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