Siete días buscando a Matilde

Maite Rodríguez Vázquez
MAITE RODRÍGUEZ OURENSE / LA VOZ

FIRMAS

Pablo Araujo

Sin rastro de la anciana desaparecida en Parada do Sil

07 dic 2012 . Actualizado a las 06:00 h.

Esta tarde se cumplirá una semana desde la desaparición de Matilde González Cid, una mujer de 78 años que abandonó la residencia Luces do Sil en la que residía aprovechando la entrada de una visita y de la que no ha vuelto a haber noticias. La búsqueda de la anciana se intensificó ayer, con la presencia de unas setenta personas a lo largo de todo el día que volvieron a batir las carreteras entre Parada do Sil y Xunqueira de Espadañedo repasando zonas ya recorridas con la esperanza de que más ojos viesen algo.

Pero ni rastro de Matilde. La última vez que se la vio fue el viernes pasado a las 17.50 horas. Dijo que quería ir a casa de sus padres, en la aldea de Vilarellos, en Xunqueira de Espadañedo. Llevaba puestas zapatillas de casa por lo que los voluntarios que han buscado esta semana supusieron que la anciana no se habría adentrado en el monte, lleno de maleza y de complicada orografía en esta zona de la Ribeira Sacra.

Ayer, aprovechando que era festivo, se hizo un llamamiento a las agrupaciones de Protección Civil de la provincia y se presentaron colaboradores de los grupos de Baños de Molgas, Esgos, Nogueira de Ramuín, Ourense, Maceda, Barbadás y O Barco, además de los veinte miembros de la agrupación de voluntarios de Protección Civil de Parada do Sil. También participaron cinco patrullas de la Guardia Civil por la mañana y otras dos por la tarde. En los pueblos de Teimende y de Parada se centró el rastreo vespertino. Los voluntarios se repartieron en grupos pequeños, pero la búsqueda no dio frutos.

Después de tantos días de búsqueda, las esperanzas de encontrar con vida a Matilde se han ido desvaneciendo. El primer día, los voluntarios pasaron 22 horas sin dormir. Eran las horas cruciales. También un helicóptero participó en el rastreo, pero sin poder ofrecer ni una sola pista. «Ahora buscamos un cuerpo», dice uno de los voluntarios, desanimado. La familia de la anciana, su nieto y su nuera, aún no quiere tirar la toalla.