Sería fácil hacer leña del árbol caído y culpar a Santiago Domínguez de todos los males del BNG en Vigo. Pero no sería justo. La cuestión viene de lejos y excede al ya exportavoz municipal. La formación nacionalista arrastra un problema de fondo desde que tocó poder (hay quien prefiere decir, de modo gráfico, desde que pisó moqueta) a finales de los 90.
El electorado de izquierdas que depositó su confianza en el Bloque ha ido desertando a medida que no descubría un discurso diferente en la acción de gobierno de quienes había votado. Ocurrió primero con alcaldes como Lois Castrillo (el pontevedrés Lores ha sido la excepción que confirma la regla), que se empeñó en sacar adelante un plan urbanístico paradigmático de la burbuja inmobiliaria y de los pelotazos pese a la contestación social que suscitó, y por cuya defensa llegó incluso a entregarle el poder al PP. Y ocurrió después, también, con aquel bipartito de la Xunta en el que Anxo Quintana practicó un ejercicio de malabarismo para abrirse paso como muñidor de los grandes negocios empresariales de Galicia, con el resultado que ya todo el mundo conoce.
Pensar que no hay sitio para el nacionalismo en Galicia es una conjetura. Predicar un programa algo marxista y dar un trigo algo neoliberal es un hecho. Cuando la crisis ha irrumpido con toda su virulencia, el BNG se ha quedado fuera de juego y la cuesta abajo se ha convertido en precipicio. No resulta creíble como alternativa. Ni siquiera como alternativa al PSOE, ya que durante años se ha labrado una imagen de muleta de la que le va a costar trabajo desprenderse. Y ahí es donde aparece AGE, que enseguida ha conectado con un electorado más o menos joven y más o menos indignado que reclama otro tipo de políticas. También en Vigo.
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