«Cando penso que te fuches,/ negra sombra que me asombras,/ ó pé dos meus cabezales/ tornas facéndome mofa». Estos versos de Rosalía (Follas novas, 1880) bien podrían ilustrar la realidad del mercado laboral en España -con trazo más grueso en unas comunidades autónomas que otras-y ese monstruo de millones de cabezas que es el paro. Si el anterior Gobierno vio brotes verdes donde había paja seca, ahora sale el ínclito Montoro para decirnos que «algo se mueve» cuando están cerrando más empresas y autónomos que nunca.
La conclusión es clara y conocida: este panda de mindunguis -los de antes, los de ahora y los de después- miente con premeditación y alevosía.
En la comarca de Barbanza, el mes de diciembre ha ofrecido un resultado desastroso que, además, muestra a las claras la dependencia de la industria conservera. Un mes con menor actividad de este sector ha significado una escalada del 7% en la tasa de paro. Un problema que aumenta si tenemos en cuenta el sector del mar. Por lo tanto, seguimos empobreciéndonos a marchas forzadas en una espiral que solo conduce al precipicio.
Mientras esto ocurre, los dos partidos con posibilidades de gobernar en este país, gracias al sistema democrático con bozal que nos impusieron, siguen insistiendo en las mismas recetas: recortes, recortes y más recortes (menos en sus sueldos, chiringuitos e instituciones inútiles). Todo ello fruto de la obediencia ciega al cuarto Reich y de la vergonzosa sumisión a las grandes compañías y fondos.
De seguir este camino, y por ahora no hay otro, en poco tiempo el músculo de la mediana y pequeña empresa y de los autónomos estará tan débil que solo existirá como alternativa la gran empresa. Y en este ámbito, no lo olvidemos, es donde las sucesivas reformas laborales han significado una devaluación del trabajador; ante la imposibilidad de devaluar nuestra moneda como antaño. Encima de la mesa había dos opciones. Una era incentivar el consumo interno y atacar el mercado externo desde la competitividad tecnológica y la calidad del producto. Otra, sacrificar a la gran mayoría de los ciudadanos españoles para que un puñado de grandes corporaciones sean competitivas en el exterior gracias a un coste salarial bajo y así enjugar los grandes números de la economía. O lo que es lo mismo, imitar a los países del norte de Europa o a los asiáticos. Lo triste es que esta es una decisión fría y calculada adoptada por unos pocos, que después mueven los hilos de las marionetas (políticos) y que condenan a muchos a un nivel de pobreza similar al de la posguerra del siglo pasado.
¡Que pueden importarles los recortes en sanidad o educación! Tienen seguros médicos y colegios privados. Y ganan más, pues son los beneficiarios directos de las subidas de la luz, la gasolina, las comisiones bancarias o los alimentos. Fueron los mismos que ganaron cuando fomentaron la burbuja inmobiliaria y la expansión económica sin base. Los que perdieron, antes y ahora, los conocemos ustedes y yo.