Teletodo

Eduardo Rolland
Eduardo Rolland LA BUJÍA

FIRMAS

29 ene 2013 . Actualizado a las 10:45 h.

Mark Twain solía decir que, a su muerte, prefería el Paraíso por el clima y el Infierno, por las compañías. Y es que nada es del todo malo o bueno, frío o caliente. Así que no sé si soy un cínico o un relativista, pero a mí esta crisis tiene aspectos que me gustan. Y mucho.

Sé que es un drama, pero alguna lección nos dará la experiencia de esos pensionistas que comparten su paga para ayudar a la familia o de los miles de ciudadanos que, no habiendo expresado nunca solidaridad alguna, hoy se desviven trabajando en los bancos de alimentos, los comedores de caridad, los bancos de tiempo, los proyectos sociales y otras iniciativas desbordadas por el desastre. Al menos, nos estamos acercando unos a otros.

Sospecho que la crisis, a los buenos, los hace mejores. Y, a los malos, los hace malísimos. Cada vez resulta más fácil distinguir a los unos de los otros. En tiempo de bonanza, la frontera era mucho más difusa.

Por eso hay algo que me inquieta con la famosa pulsera de teleasistencia. Parece que vivamos hoy en el mundo del teletodo. Y no sólo porque tengamos una gran vida social a través del ordenador y del móvil. Sino también porque matamos a distancia, con esos drones que bombardean como un coche teledirigido.

En esta moda de hacerlo todo a distancia, sin implicarnos, está la teleasistencia. En Vigo, la disfrutan 590 ancianos. Gracias a un botón, si tienen un problema, pueden dar la alarma a los servicios sociales. Habrá gente sola absolutamente, pero la mayoría... ¿No tienen familia? ¿No les llaman regularmente? ¿No los visitan? ¿Se preocupan por ellos? ¿O es que basta con colgarle a la abuela del cuello un botón? La crisis es una buena ocasión para acortar distancias. Para mojarse. Para vivir.