Como ya todo es posible, que España tenga 4,8 millones de parados se ha convertido en un éxito. «Podría ser peor», dice un amigo. La crisis no solo destruye empleos y derechos, también baja el listón. Y como los éxitos dependen de donde pongas el listón, es la pera que Vigo acabe de bajar -por poquito- de los 35.000 parados.

Pero es que en Vigo sabemos mucho de listones. El domingo pasado nos pudo la euforia y empleamos palabras como heroísmo, gesta, hazaña, proeza y otras del estilo. Muchos acudieron a bañarse a la plaza de América en una orgía de fervor colectivo a mayor gloria del Celta. Parecía que iba a aparecer un autobús con los jugadores sosteniendo la orejona Copa de Europa. Pero, no. Era la permanencia. La salvación. En una especie de nostalgia anticipada, en Vigo nos hemos imaginado que el Celta bajaría a segunda, que el puerto se irá al garete porque Europa no lo va a incluir entre los principales, que el partido judicial va a desaparecer, que el nuevo hospital se va a quedar en un consultorio, que el Náutico va a cerrar, que Pescanova va a dejar a 10.000 familias tiradas en las calles de medio mundo, que ni podremos comprar los regalos de Navidad en Pórtico y que en las gradas de los astilleros pronto crecerá el moho del recuerdo. Si todos esos malos augurios se cumplen será un desastre colectivo, es verdad. Pero si logramos que todo se mantenga como está, nos invadirá una profunda sensación de triunfo como para bañarnos en la plaza de América. Los que mandan nos han dado otra medida del éxito. Nos han enseñado que el sufrimiento prometido se vence con el más absoluto y triunfal de los conformismos.

«No te salves ahora

ni nunca

no te salves

no te llenes de calma»...

(Pobre Benedetti).

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