«Non me farto de aprender»

FIRMAS

Carmela Queijeiro

A punto de cumplir los noventa años, José Casais habla con sus bisnietos por la cámara web, aprende nociones de fotografía digital y, cuando la artritis se lo permite, toca la bandurria y el teclado

20 jun 2013 . Actualizado a las 09:25 h.

A José Casais nunca le gustó la taberna. Se tomó a pecho la popular frase de «no te acostarás sin saber una cosa más» y navega por Internet con la misma facilidad que sus bisnietos. Con ellos habla por la cámara web desde el mismo ordenador en el que consulta en Internet el tiempo que hará en Ribeira o los enredos del caso Bárcenas. Si llueve y no puede ir a visitar a sus amigos -lo hace en silla de ruedas debido a sus problemas de movilidad- se pone el cedé de la historia de la Guerra Civil española o el de un curso de fotografía digital.

Cuando su mujer encamó, a José Casais se le vino la casa encima. Comenzó entonces a interesarse por la Red, un mundo que le apasionó y por el que hasta se apuntó a una academia. Dice que la silla de su despacho es su trono y cuando la artritis se lo permite también se sienta en ella para tocar la bandurria o el teclado. «Non me farto de aprender», señala.

La vida se la pasó viajando. Guinea, Groenlandia y el mundo entero a bordo de un barco como electricista. De ahí quizá la venga la destreza para manejar los aparatos más modernos del mercado. Con todo, su vida no fue un camino de rosas, y aunque parece tener veinte primaveras menos, asegura que si le dejaran volver a nacer, no escogería algunos episodios de la vida que le tocó vivir. Es recordando aquellos tiempos lejanos cuando se emociona y las lágrimas mojan sus mejillas: «Non podo evitalo», se excusa sin motivo.

Lucha contra el cáncer

A este ribeirense le ha tocado lidiar con una guerra más. Se somete a un tratamiento de cáncer con optimismo y recuerda lo que el médico le dijo cuando, atemorizado, le preguntó por su futuro: «Disto non morrerás». La enfermedad hizo mella en su organismo, pero no en su memoria de elefante.

Dice que no son más que «batallitas», pero su historia bien se merece un best seller. Cuando vivía en Barcelona con sus siete hijos llegó a inventar un sistema para abrir la puerta de su casa mediante la voz. Al otro lado del país vive parte de su familia, y de vez en cuando le gusta entrar en Google Maps para buscar sus casas y enseñárselas a su hija, que a diario lo visita. Ella, impresionada, asegura que hace muy poco que su padre arregló un reloj de cuco. Una obra de ingeniería.

El teléfono móvil tampoco tiene secretos para él, aunque no le gusta tanto como manejar el ordenador. Dice que una vez lo intentaron estafar, cobrándole una factura que no se correspondía con la realidad. Y ya no se fía.

Tampoco de los políticos, a los que le tiene cierta manía. Dice que no le interesa en absoluto este mundo, pero que hay que asumir que «da política veñen as alubias».