Entre los restos que delatan una retirada en desorden hay una bandera arriada. Doblada con prisa, abandonada en el respaldo de un sillón de oficina, la enseña de España se pudre en San Fernando, mientras se va pudriendo también todo lo que la rodea. El viejo cuartel de Lugo y su bandera son una metáfora del país del paro que no cesa, de las pensiones que caen, de las becas que se esfuman, de la investigación que agoniza. Lugo, trocito de España, empieza a rebelarse, a su modo, contra los que, obligados por el cargo a combatir el desastre de la crisis, la aceptan como inevitable. Y a la guardia pretoriana de los que gobiernan la crisis le molesta la rebeldía. Por eso se ha desatado el río de la sospecha sobre los que mueven la iniciativa legislativa popular para que Lugo tenga hemodinámica, radioterapia y medicina nuclear. Al hacerlo, al combatir, sin nobleza ni gloria, la modesta rebeldía del que reclama lo que le corresponde, han avivado al mismo tiempo el avispero de San Fernando. Hay quien aún no entiende que Lugo va dejando de ser la ciudad del silencio. Cada vez se escucha más: «Lugo non merece este trato da Xunta». La bandera olvidada en San Fernando es una metáfora sobre la renuncia de Feijoo a hacerse cargo del viejo cuartel.
Los colectivos que pilotan la recogida de firmas para dotar de más servicios al HULA no fueron los que redactaron en 1988 la ley que regula la iniciativa legislativa popular. En ella se establece que el Parlamento puede compensar con un máximo de «cien pesetas constantes» por cada firma, si la iniciativa sale adelante. Y alguien, en algún sitio, decidió lanzar la sospecha de que los que han recogida ya más de 25.000 firmas hacen lo que hacen pensando en el parné. Es el mismo esquema de pensamiento que tantas veces llevó al país al desastre; el mismo en el que, por la fuerza de las circunstancias, enraizaron los héroes populares. Los estudios sociológicos anuncian cambios muy notables en el comportamiento del electorado, pero los grandes partidos no acaban de entenderlo. Al menos en Lugo no lo ha entendido hasta ahora (parece que algo se mueve) el PP de Castiñeira y de Barreiro. «A veces da a impresión de que o presidente do PP de Lugo se olvida de que é de Lugo», dijo muy recientemente el presidente de una asociación lucense.
Ayer los populares celebraron su anual pulpada en la capital lucense. Antes, la ministra Pastor y el conselleiro Hernández participaron en la inauguración de la rehabilitación del puente romano, pagada con cargo al 1% cultural de Fomento por decisión del socialista José Blanco, el mismo que decidió la construcción del nuevo puente de San Lázaro.
En Lugo, sí, hay síntomas que anuncian tiempos de cambio. También en la izquierda. El Bloque no acaba de encontrarse a sí mismo y, en esa búsqueda inacabable, pelea a la desesperada. En el caso del legado de Álvaro Gil ha conseguido una cuidada muestra de cómo no debe hacer las cosas la Administración. El Bloque, responsable del área de Cultura, no ha sabido frenar, al menos hasta ahora y sin que Lugo saliese perdiendo, las apetencias de los descendientes del ejemplar donante. Es uno de los frutos de la política de elección de asesores que practica el BNG, basada, quizá sin que lo sepa, en la Ley de Gresham. Mario Outeiro y Antonio Veiga van camino, si nadie lo remedia, de alcanzar el nivel de gloria que definió Groucho Marx: «Partiendo de la nada hemos alcanzado las más altas cotas de miseria». Flaco favor le hacen al presidente de la Diputación, José Ramón Gómez Besteiro. Y, mientras, Orozco, incombustible en la alcaldía, se prepara en la Praza Maior para una nueva batalla electoral. O a lo mejor no es así y solo quiere que lo parezca. La representación incluye el enfrentamiento con la Xunta; a Orozco la bandera de San Fernando le servirá de guion en las escaramuzas políticas que vienen.
Legado de Álvaro Gil.
La semana terminó con el fracaso de la negociación para que el legado de Álvaro Gil siga en Lugo