¡Así nos dejas, Madiba!

Alicia Fernández LA SEMANA DE...

FIRMAS

La muerte de Nelson Mandela, el mayor referente mundial de la paz de nuestros días, el líder que encarnaba la lucha por la igualdad de las personas, me lleva a desear su reencarnación en algún ser humano de esta España herida. Digo en alguien de aquí porque si lo hiciese en África y quisiera venir tendría muy pocas posibilidades de hacerlo. Lo más seguro es que se quedase en un cuerpo anónimo flotando en el mar o explotado, mutilado, detenido y deportado por saltar la valla de la vergüenza. Y para eso, sin duda, mejor quedarse abajo; con menos comida, más guerras y enfermedades pero sin sufrir la humillación de los que se dicen civilizados.

Si lo de la reencarnación no fuese posible nos bastaría con una futurista posesión de algún bulto sospechoso de albergar cerebro que pululan por este enjambre en crisis. Bueno, mejor en uno de los que mandan o de los mueven los hilos de aquellos ¿Se imaginan en Rajoy? ¡Ya no les digo en Botín o Fainé! Cuanto juego daría con ese poder alguien que afirmaba «una nación no debe juzgarse por cómo trata a sus ciudadanos con mejor posición, sino a los que tienen poco o nada». Pero puestos a conformarse me valdría que fuese en cualquier persona de la calle, alguien con principios y tesón, con un mensaje claro, que fuese agitando poco a poco nuestras conciencias y nos pusiera en pie de guerra -por la vía pacífica del diálogo y la resistencia pasiva- para construir una sociedad más justa. Una sociedad donde no escuches en el mismo telediario que los grandes bancos pactaron en secreto para alterar las condiciones del mercado, estafando a sus clientes, y que una entidad financiera quería desahuciar a una familia en paro con un hijo con leucemia (tras la denuncia en las redes sociales se disculparon diciendo que no conocían la situación cuando anteriormente a la madre le habían contestado que no eran una ONG).

¡Qué necesaria sería una figura así en este yermo país! Pero una persona de la calle lo tendría difícil para extender un mensaje distinto, revolucionario. Si consiguiese poner en movimiento a la masa social acabaría en prisión o con multas impagables de perpetrarse la aprobación del anteproyecto de Ley de Seguridad Ciudadana. O sufriría acoso y sería denigrado a través de campañas mediáticas orquestadas en los despachos del poder. Incluso tendría que lidiar con las franquicias dominantes en la política nacional que verían peligrar su fructífero negocio. Acabaría tildado de perroflauta y emigrando más al norte.

En este momento de zozobra, cuando el temporal arrecia, no existen referentes y ese vacío provoca más temor. La mentira y la mediocridad son las señas de identidad de nuestros gobernantes de todos los colores. Crisis y situaciones delicadas han existido muchas a lo largo de la historia. El problema es que ahora una mayoría de ciudadanos no cree que movilizándose puedan alcanzar una situación mejor, porque además de la cartera nos han robado la ilusión.