En esa fotografía hace muchos, muchos años, duerme el sueño feliz en el que siempre quisimos vivir sin temor a despertar. Podría contar y contaré de memoria la vida de estos cuatro mozos. Mariñeiros do Porto Son, figura en el pie de foto. No tengo más que fijarme en sus ojos para adivinar el futuro que desearon y el que tuvieron. Lo que esperaban de la vida y lo que la vida les entregó a cambio de vivirla. No hay mucho que indagar.
A nadie le será preciso estudiar los últimos hallazgos cibernéticos aplicados al psicoanálisis para conocer hasta el más profundo de los deseos de estas cuatro almas felices, prisioneras en esa cárcel de papel sepia que en un segundo vanidoso fueron esculpidas en un cliché en el que, al trasluz, flotaban como ángeles en un mar de celuloide.
Uno de ellos se enroló en un carguero y cuando avistó las playas de Cuba bañándose azules en una calma líquida, desembarcó para no retornar. El aroma del tabaco abanicaba toda la isla antes de la cosecha y el embrujo de aquella brisa de brea le enredó el corazón hasta entregárselo a una mulata con la que aprendió el arte de amar mientras el sol, como una papaya colosal, se hundía en la mar que lo trajo al Nuevo Mundo.
A otro le entró el duende de las prisas y se subió al primer tren en el que viajó hasta cumplir su última estación. Munich. Allí entró a trabajar en una acería. Una tarde de sábado conoció en el Centro Español a una muchacha pelirroja. Era de Mazaricos. Todavía hoy los hijos de sus hijos, como las golondrinas, vuelven cada verano a abrir las puertas de la casa que un día abandonó para siempre el abuelo. La lareira es hoy una vitrocerámica y las dobles ventanas no dejan que se pierda el aire acondicionado.
El tercero se quedó en su tierra. Llegó, como el Nazareno, a caminar sobre las aguas de la ría, tanto la conocía y tanto se amaban. Allí, más en la mar que en tierra, rindió su vida como capitán y único tripulante de su barco. Fanecas, robalizas, sargos y pulpos parecían nacer en sus manos cuando de amanecida se llegaba a la plaza de abastos donde su mujer tenía un puesto limpio como el nácar que duerme en el fondo de la sal marina. Murió de viejo hablando con la mar mientras fumaba un cigarrillo liado a una mano. Lo encontraron sentado en un banco del malecón con la colilla entre los dedos achicharrándole las uñas.
El último hizo el servicio militar en Ferrol y una guerra de juguete lo embarcó en el crucero Canarias. Se mareaba y continuamente se le veía vomitando por la borda. Lo desembarcaron en Tenerife. Allí abrió un bar y se casó con una inglesa viuda y diez años mayor que él. A su tumba la ilumina el escaso sol de Birmingham donde murió un día de Navidad.
Los cuatro quisieron aquel día en el que se toparon con Dios disfrazado de fotógrafo de feria, llegar a ser capitanes de un gran buque, tal vez un trasatlántico o un poderoso petrolero. Como pudo, cada quién llegó a ser capitán de su vida y enroló en su nave de nubes a una tripulación leal a sus sueños.
Cualquiera de nosotros, si quiere, puede reconocerse en esa fotografía. Ahí podrá percibir la aurora de su utopía congelada por los siglos de los siglos.