Tragedia en el dique de abrigo

Xosé Alfeirán

FIRMAS

XOSE CASTRO

Once tripulantes del bou «La Unión» murieron ahogados en 1908

30 mar 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

En 1908 un vapor de pesca se fue a pique muriendo ahogados once de sus tripulantes. Llevaba rumbo equivocado. Era noche cerrada y la niebla lo cubría todo.

El bou La Unión nº 1 había partido desde el muelle de Linares Rivas sobre las dos y media de la madrugada del jueves 26 de noviembre de 1908. Doce hombres experimentados tripulaban el barco que desplazaba unas 130 toneladas de registro, estaba en buen estado y tenía unas excelentes condiciones para la pesca.

El barco había sido construido en Sunderland, en Inglaterra, en 1896 y desde hacía unos cuatro años pertenecía a la sociedad formada en A Coruña por los armadores catalanes Gumersindo Roura y José Gallart. Formaban parte de un negocio próspero y creciente del puerto coruñés basado en pequeñas empresas que solían comprar barcos de segunda mano, movidos a vapor y fabricados en Inglaterra, para dedicarlos a pescar en los caladeros de la costa gallega, sobre todo entre el cabo Prior y las islas Sisargas. Una parte de las capturas, formadas por merluza, besugo y pescadilla, la vendían en las plazas de la ciudad, pero la mayoría se enviaba por ferrocarril a Madrid y Barcelona.

En su salida del puerto, La Unión alcanzó a tres parejas de vaporcitos que había zarpado previamente. Como la niebla era cada vez más espesa, los barcos hacían sonar sus sirenas para evitar posibles abordajes. Tras remontar el castillo de San Antón se adentraron en las tinieblas y en un mar con fuertes olas. La niebla borró rápidamente la luz del semáforo instalado en el castillo y con ella se perdió toda referencia.

Posiblemente el patrón de La Unión calculó mal y viró demasiado hacia el oeste. El ruido del motor les impidió escuchar el sonido de las rompientes y apreciar que se estaban acercando peligrosamente a ellas. Sobre las tres de la madrugada el barco impactó contra las rocas. Habían chocado con la peña Homicida de la restinga de O Pedrido, situada en las proximidades de la pena das Ánimas (hoy parcialmente cubiertas por el dique de abrigo). Dicho lugar era uno de los puntos negros de la entrada del puerto y en él ya habían embarrancando numerosos navíos.

El sonido ronco y continuado de la sirena del barco y los desesperados gritos de auxilio de los marineros se escucharon en la ciudad. Atraídos por ellos, serenos, policías y periodistas se acercaron al campo de A Estrada y al Hospital Militar; desde allí contemplaron la tragedia. A pesar de su cercanía a la costa, nada pudieron hacer para socorrer a los náufragos ya que el puerto carecía, por dejadez política, de medios adecuados de auxilio. Poco a poco los gritos se fueron apagando.

Al amanecer y despejar la niebla, la luz del día permitió ver que aferrado en lo alto de uno de los palos del barco había un hombre. A su rescate fueron diferentes lanchas y traineras. Las olas dificultaron la tarea, pero tras varios intentos lograron lanzarle un cabo y salvarle. Era el grumete, Anselmo Fernández, de 18 años, único superviviente. Al llegar a tierra contó lo sucedido y cómo sus once compañeros fueron perdiendo progresivamente la vida ahogados por las olas.

El grumete Anselmo Fernández se salvó al subir al palo del barco