Señala que la normativa del casco viejo es buena para el ámbito histórico
18 ago 2014 . Actualizado a las 07:00 h.Recién nacido, el padre de Santiago emigró a Buenos Aires y ahí le conoció su hijo con seis años. Antes el chiquillo tuvo tiempo de jugar en la aldea de Macedos (Rois) con juegos hechos por él, ver la nieve e ir en Castromil al oftalmólogo a Santiago con un ojo pinchado por un tenedor. Cruzó el charco junto a tres mujeres y nueve niños de su aldea, que aún no tenía luz eléctrica, y atracó en una Argentina iluminada y con TV. «El cambio fue tremendo», confiesa Santiago.
Allá trabajó en el comercio de su padre, montó dos tiendas de joyería en un sector controlado por los judíos («me ayudaron mucho en mi profesión») y, tras 34 años con acento argentífero, decidió retornar a su país natal con el acento a cuestas.
¿Y por qué ese regreso? «Por la inestabilidad de Argentina. La inflación llegó al 118 % y cambiar de precios continuamente me resultaba muy estresante, pese a que no me iba mal en el negocio. Prefería la tranquilidad». Santiago le pareció al llegar, en 1989, una ciudad pequeña («es grande por sus connotaciones históricas, pero es una aldea») y pensó en A Coruña. Sin embargo, un día, sentado en el Alameda, vio un local vacío enfrente y lo alquiló. Nació la joyería Alameda.
En el linde del parque cercano, junto a la guardería, encontró una vivienda apetecible y se metió en ella con su familia. El arrendatario era Antonio Bernal, y los Bernales entraron de lleno en la vida de Santiago. Antonio le propuso fundar una asociación de comerciantes en el casco antiguo y surgió Compostela Monumental: «Aparte de fundador, fui el secretario de la entidad varios años. Y no se me dio mal, ya que había sido secretario de la Cámara de Comercio e Industria en Buenos Aires». Luego ejerció de secretario de Acotes.
Las grandes áreas han sido el caballo de batalla: «Abrir una tercera área comercial en As Cancelas iba a tener, como así fue, un impacto muy negativo para el comercio de la ciudad. Ni siquiera resistió Área Central. Se despreció el rol del pequeño comercio y envió a la gente de la ciudad a los grandes centros».
Impacto negativo
A juicio de Santiago, lo que se ha hecho es importar una fórmula foránea, un modelo de comercio americano de periferia». Se pretende «cambiar los hábitos de la gente. El fin de semana, en vez de pasear por las calles o hacer deporte, los ciudadanos pasean por un centro comercial. Es un atentado el estilo de vida de la gente. Un sistema que no humaniza, sino que mercantiliza».
Por otra parte, «la exagerada limitación» de la llegada de vehículos a la ciudad representa otro «impacto negativo» para el comercio. Cree que urge un equilibrio en esta política restrictiva. Eso sí, en el casco viejo no es partidario del tráfico porque el ámbito «no está preparado para eso y puede provocar deterioros».
Su negocio se fue haciendo una clientela en un mundo de «mucha competencia», aunque con el hándicap de no tener libertad para adaptar la tienda. Pese a ello, Santiago ve bien la normativa del casco viejo. «Fui a distintos congresos en España y nos felicitaban por el casco histórico y por su buen estado de conservación. No tengo autoridad para decir que es restrictiva la normativa, aunque me haya afectado en el plano personal, porque el casco está bien».
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Santiago Rey Suárez
Profesión
Comerciante