A Voz etArte

TAREIXA TABOADA CRÍTICA DE ARTE

FIRMAS

14 nov 2014 . Actualizado a las 05:00 h.

La Voz de Galicia presentó ayer la colección Ourense feito arte una serie de ocho láminas, de la artista alemana Isabell Seidel, con motivo del 45 aniversario del periódico. Rincones del Ourense histórico, como la Plaza Mayor, el Paseo, Rúa dos viños, o As Burgas son los encuadres elegidos por la artista, y en extensión, Celanova, Allariz, O Barco y Ribadavia. Una amplia representación del Ourense memorable en éstas magníficas obras, imágenes de perfil emblemático, como el Hotel Miño, en el centro neurálgico de la calle del Paseo y el recuerdo de López Morais, cronista de la ciudad y memoria de un pasado cultural, cenobio de la intelectualidad y vanguardia del arte, de lo que fue «la Atenas de Galicia» y que la actual desidia cultural no supo mantener en el tiempo condenado a extinguirse como un animal herido por el olvido y desinterés institucional y colectivo.

Rincones da Rúa dos viños por los que se oían las risas de Xaime Quessada tripulando el barco de «los artistiñas» con su caudal infinito de creativa elocuencia, arañándole a la noche una hora más sin el remordimiento de despertar al sol. Y las partidas de «chinchimoni» con Tucho del Volter y la resistencia abanderada por Risco y Méndez Ferrín, avales de un legado cultural que se nos olvida. Ciudad viva de inquietudes como la inclemencia rutilante de su sol de verano, con ese calor a quemarropa que tan bien pinta Isabell, esa luz angustiosa del mediodía preludio y final, que convierte en desiertas las calles con la amenaza vacía y letal de las plazas de toros. Recortándose sobre ese infierno lítico, As Burgas elevan la temperatura en cantos de ninfas y sofocadas Calpurnias. En su recorrido por el Auria más ardiente, Isabell (des)dibuja los contornos que delimita el cuerpo como territorio físico de las formas, esbozadas con trazo breve y rápido y su capacidad expresiva para sintetizar el espacio y el movimiento, obteniendo una imagen inmediata, al construir masas coloreadas dentro de los perfiles, para atrapar la atmósfera y los efímeros efectos de la luz. Su capacidad de captación del instante, pleno de subjetivo lirismo, con una sabia aplicación del color e intención anticlásica; así, Isabell, «pinta el aire» y si bien es realista en los temas y motivos, sin euforia ni dramatismo, es expresiva en el silencio lúcido de la soledad, las calles dormidas, las sombras, el ronroneante bullicio de los cafés, sus balcones y ventanas, personajes aislados en una suma de soledades que, lejos de registrar lo objetivo, ha de crearlo, bajo una vibración lumínica que llega a la disolución de las formas y a la abstracción.

Personajes anónimos hipertrofiados y a punto de disolverse en sombras apuntadas como agujas góticas, en espacios angulosos de filo de espejo, dolientes y claustrofóbicos como los de Kirchner, en sus juegos de luces e inquietantes claroscuros sin gradación, agorafóbicos, de una ciudad desolada. El vacío se convierte en el protagonista de espacios urbanos inhóspitos, en un vacío que ya no es de nadie. Y su silencio infranqueable que debe su existencia a los juegos de la perspectiva y de la luz, de sombras alargadas como punzantes presencias fantasmales.

La uniformidad de los tonos representa el prototipo humano sin intención de individualización, recortando las figuras, de aspecto desdibujado y esquemático, como una vibración visual, generando un hábil desconcierto en el espectador, no exento de angustia, al descentrar las composiciones con insólitos encuadres que sugieren profundidad con pocos planos de referencia, basado en líneas horizontales y verticales y en el equilibrio entre los planos coloreados, contenidos con abruptos cambios de perspectiva que lleva a la unión de diversos niveles de realidad en una sola imagen falseada pero coherente.